miércoles, 20 de julio de 2011

Brevedad Interminable.

¿Por qué temer un sí?
En aquellos días brotó una pregunta en su cabeza que le atormentaría por bastante tiempo, lo que una vez le pareció una eternidad. No sabía qué hacer mientras pensaba en la posible solución. De todas formas se sentía incapaz de decidir, ignorando que eso suponía una decisión, cobarde, pero al fin al cabo una decisión. Era algo que escapaba a su compresión. La cuestión es que la veía todos los días y eso le hacía feliz. Le hablaba sin miedo, sin titubear, intentando que no se diera cuenta de lo que realmente sentía cuando se acercaba. Le hacía reír y se reía con ella, porque le gustaba hacer sentir bien a los que le rodeaban y en aquel caso con más razón. La miraba fijamente a los ojos, perdiéndose en ellos, intentando entrar en sus pensamientos y aunque no era algo que le obsesionaba, le gustaba poder intuir si le estaba dando vueltas a algo para aliviar su carga o ser meramente su confidente. Ése podría ser el peor de los síntomas, el que te preocupen sus problemas con una sincera firmeza. Cuando para ti lo más importante es esa persona independientemente de tus circunstancias y antepones todo su mundo ante el tuyo. Pero él lo llevaba en silencio, dentro de sí. Y ahí estaba, tumbado en la cama, pensando. Dándose cuenta de que no le gustaba simplemente, sino que la amaba con la idea más puramente clara de la palabra amor. Queriendo que volvieran a tener sentido las canciones de amor. Ahí estaba, tumbado en la cama, preguntándose qué hacer. ¿Debía o no decirle todo lo que sentía? Cierto miedo a ser rechazado es algo que siempre nos atenaza. Pero en este caso no era así, porque aunque no compartiera esos sentimientos para él hubiera sido suficiente alivio contárselo y que al menos lo supiese. Y es que el peor miedo es el que te provoca el terror de un sí, algo que sabes que podrá hacerte inmensamente feliz, en el peor de los casos por un tiempo limitado. Resignado, sabía que debía conformarse con lo que tenía y hacerse creer que era suficiente.

Algo sin importancia.
La desconfianza es una pesada losa en la tarea de darnos a conocer. Nos sentimos cómodos en nuestros pensamientos o al menos seguros, aún pudiendo estar equivocados. Rompemos esa seguridad cada vez que damos a conocer esos pensamientos. Pueden ponerse en duda muchas de las cuestiones que planteamos. Pero no es algo malo, es parte del aprendizaje. Así es como nos nutrimos de nuevos puntos de vista y podemos cambiar nuestra opinión, que no requiere de renegar lo anterior. Algunas veces nos hace capaces de ver las cosas un modo más amplio, otras reforzarnos en nuestra postura o darnos cuenta de nuestra equivocación. Las dudas siempre asaltarán a algunos, porque aunque haya cuestiones de vital importancia para uno mismo, no tenemos la certeza que sea así para otros. Ahí se puede crear cierto desprecio que no lleguemos a entender, pero es lo que ocurre cuando nos topamos con alguien que lo considere extraño. La reacción irracional de algunos ante algo que no entienden es la del rechazo y la expresan sin clemencia, declarándose buenas personas en todo momento. Porque el concepto de normalidad es algo tan estancado en la mente de la sociedad que es imposible sentirse culpable al incurrir en esta conducta. Pero es algo superable, la intolerancia es algo que se puede intentar evitar por parte de quien la padece e incluso es un mal que puede remitir para quien lo promulga. Tanto en la aceptación como en el rechazo hay un compromiso, la de querer compartir o no tu tiempo con los demás. La afinidad que sentimos por los demás es un misterio, pero es una certeza para aquellos hacia los que decidimos otorgársela. Perder esa afinidad por parte de algunos es algo triste y que puede desencadenar conductas inesperadas. Así como inesperado puede ser el hecho que haya desembocado en esa pérdida. Puede ser en cuestión de minutos, días o semanas. Excluyendo los comportamientos detestablemente violentos, la razón de mayor peso la encontramos en la pasividad de la indiferencia. Porque un rechazo a tiempo es mucho menos doloroso que vivir en la aceptación bañada por un mar de indiferencia. Y es que nuestros pensamientos pueden ser importantes para nosotros, pero no para los demás.




PD: Buscando la comodidad en la escritura. Aún no desespero.

domingo, 10 de julio de 2011

Origen Olvidado.

Metáfora original del tarro de caramelos con final remasterizado.
Imagínate un tarro de caramelos, en la tapa del tarro una pegatina, pone razón. En el exterior del tarro otra pegatina, pone sentimientos. En el interior caramelos de distintos colores, rojos para el amor, naranjas para la amistad, grises para la pena, verdes para el asco, amarillos para el buen humor, negros para el miedo y la angustia. Los caramelos son de distintos sabores y se combinan para formar nuevos. El colorido le da vida al tarro y los sabores de cada caramelo provocan un efecto distinto en nuestro paladar.
El poder de los caramelos hace que de vez en cuando la tapa salte, abriéndose para salir al exterior. Y esos caramelos se regalan, o son robados, a la fuerza o con la sutileza suficiente para que no nos demos cuenta. Pero qué sería de ese tarro vacío, ya no podría llamársele tarro de caramelos, borraríamos el apellido para convertirlo en un simple tarro. Nadie quiere quedarse sin caramelos. Por eso, cuando esto pasa, la tapa del tarro se endurece y en ocasiones se complementa con un cierre que sólo su poseedor es capaz de abrir. Los caramelos se guardan con celo y desconfianza, pero entonces aparece otro problema. Si los caramelos permanecen demasiado tiempo en el tarro, pierden color y sabor. Algunos se agrian y secan con el tiempo, otros acaban pudriéndose. En ese momento, aunque quieras dar caramelos, nadie los aceptaría. Aún no está todo perdido, el tarro puede limpiarse y volver a llenarse con caramelos nuevos. Aunque no es algo sencillo…

Psicología inversa.
Al principio un no le perseguía a todas partes. Todo para conseguir algo de alivio, sin saber que no obtendría nada a cambio. O igual sí, una leve sensación de esperanza superficial, ficticia, que se disiparía con el tiempo. Pero mientras perduraba el efecto era capaz de seguir viviendo en ausencia de su pensamiento. Cuando ya la treta era inservible, una irreprimible ira se apoderó de él. En un instante racional, consideró que debía descargar toda esa furia consigo. De esa forma estuvo atormentándose autodestructivamente durante el tiempo suficiente para agriar la más dulce de las personalidades. Reflejos de esta etapa le acompañarían como un destello en el futuro. Aún con su fuerte propósito, su coraza agrietada dejaba escapar la rabia hacia los demás. Cuando pudo darse cuenta de la gravedad de su situación decidió consolidar un acuerdo. Cerró las puertas de su dolor, prometiéndose no abrirlas jamás. Como si fuera tan sencillo, el dolor no es algo que se pueda confinar en un rincón y esperar que de ahí no se mueva. El dolor encerrado es el más peligroso, porque al no poder salir y disiparse, se alimenta de tu propio ser. Eso fue lo que ocurrió. Entonces era él quien estaba arrinconado en el borde de un precipicio mientras todo a su alrededor se derrumbaba, dejándole caer al vacío. Se acostumbró a vivir en la oscuridad de una eterna caída. Como si de un túnel temporal se tratase, recorría los momentos más amargos de su vida. Lo único que le quedaba era una inmensa sensación de culpabilidad. Seguía cayendo y lógicamente era cuestión de tiempo que todo aquel tormento cesase. Una brillante luz se acercaba al final del foso, dejándole completamente ciego por unos segundos. Eso consiguió que ignorase la fuerza del impacto, o puede que no hubiese tal. Parecía encontrarse en un nuevo despertar y en él sólo encontraba un sentimiento, aceptación.

Usando la humanidad.
Aprendieron a controlar la química de los sentimientos. Con ello se generó una potente industria, con el pretexto de hacer el bien. Pero este tipo de poder siempre cae en manos equivocadas. No se intentó propagar la felicidad, ni el amor para curar la infección que padecía la sociedad. El plan era sencillo, contagiar a la población con la mayor de las tristezas. Para así, extorsionarlas con un ridículo anestésico que calmase su pena sin curarla. También idearon inhibidores para enamoramiento, la amistad, la empatía o la solidaridad. Crearon un enjambre de autómatas que suspiraban por algo de humanidad. Anquilosaron la era del llanto donde estaba condenada la risa. Y al final todo lo que quedó era un páramo, donde los primeros pasos de un niño dejaban aún lugar a la esperanza.




PD: Aún estoy un poco oxidado. Me ha costado un poco acabar, será la falta de costumbre. Bueno, esperemos que esto sea una vuelta y que no se quede a medias...

lunes, 6 de junio de 2011

Enigmas irresolubles.

Impostor.
Era un mago sin chistera, creador de las más reales ilusiones que se desvanecen con el tiempo. Era un bufón sin gracia, que cuenta chistes sin parar sin recibir risas a cambio. Era cazador de quimeras, que le rodeaban sin dejarle haber visto nunca alguna. Era luchador verbal, por lo que su adversario siempre le hacía encajar golpes en la cara para que se callara. Era domador de pasiones, que algún día acabarían por matarle. Era soñador de fracasos, porque le reconfortaba pensar que no eran una certeza. Era un cantante algo fantasma, ya que el silencio de su voz jugaba en su contra. Era ladrón de besos, pero nunca tuvo demasiado éxito. Era amigo de su soledad, que siempre le acompañaba en todo momento y allí a donde fuese. Era verdugo de sentimientos, aunque nunca conseguía acertar dejándolos siempre moribundos. Sería buen profesor a la hora de enseñar cómo no actuar.

Realidad o sueño.
Viajaba a la velocidad de la luz con tal sólo un pensamiento. Se teletransportaba a realidades paralelas con el poder de su imaginación. Era capaz de hacer cualquier cosa con sólo dejar funcionar al cerebro. Se sumergía en el bullicio del Renacimiento en lo que duraba el trayecto del autobús. Perdía la mirada en el infinito y le llevaba a conquistar batallas imposibles de otros tiempos. Recogía tesoros en aventuras dignas de argumento de una película. Descubría un futuro lejano, donde estaba rodeado de una tecnología impresionante. Se desplazaba a multitud de países conociendo nuevas culturas y costumbres. Visitaba incluso otros planetas, comprobando las condiciones que allí se daban. Cruzaba astros incandescentes sin inmutarse. Se atrevía a cambiar sus propios recuerdos. Transformaba los sucesos más inoportunos y las vivencias más dolorosas. Los desarrollaba de nuevo, de una manera que consideraba más apropiada. Revivía situaciones del pasado añadiendo conversaciones que no se produjeron jamás. En definitiva creó una vida nueva, más confortable, sin tormentos por los errores de un pasado que no supo manejar y un presente que le parecía habérsele escapado de sus manos. Se dio cuenta de que el problema de soñar despierto era que al volver su consciencia todo se convertía en una cruel pesadilla.

Distancia insalvable.
Pusieron una distancia insalvable entre ellos, ya casi ni se veían. Eran incapaces de distinguirse en aquel gran abismo que los separaba. Ninguno tenía intención de saltar, ya que sería una dura caída asegurada. La situación se había prolongado sin que apenas se dieran cuenta. La distancia se media por la duración del silencio. Ya era inútil intentar hablar, las palabras enmudecían en su trayecto hasta ser imperceptibles. Ahora no sabían cómo ni dónde volver a encontrarse. El lazo que hizo cruzar sus caminos se quebró en un desgarro doloroso. Las horas se volvían interminables en ratos intermitentes. La desilusión se hacía patente en sus rostros con demasiada frecuencia. El cansancio les robaban las ganas de seguir viviendo. Pero en el fondo conservaban intacta la esperanza de un posible reencuentro.




PD: Cada vez me cuesta más escribir, estoy barajando la posibilidad de dejarlo por una temporada.

viernes, 27 de mayo de 2011

Cráteres Cerebrales.

Fragilidad invulnerable.
No consentimos que lo que creemos como verdad sea cuestionado. Establecemos una postura defensiva ante las convicciones que nos parecen inamovibles. No aceptamos que se ponga en duda nuestros firmes pensamientos. Las posibilidades no dan opción a más respuestas igualmente válidas. No somos capaces de ser ecuánimes ante diferentes aspectos y es por eso que se forman bandos. Los que van en contra, los que van a favor y el resto del mundo que vive ajeno a cuestiones puntuales que nos pueden parecer transcendentales. Para ser justos deberíamos abarcar todo el campo de visión, utilizar todos los puntos de vista y situarnos en cualquiera de las posibilidades en un mismo momento. No significa tomar cada una de las visiones como propias, sino aceptar cualquier eventualidad y no cerrar el abanico de infinitas respuestas para una misma pregunta. La cura para la resignación, si es que existe, sería conseguir dicha aceptación. Si algo no sucede como esperamos pero somos capaces de aceptar esa posibilidad, entonces, no se producirá ese pinchazo a veces amargo y otras ácido de la resignación. A partir de este punto se derivan multitud de sentimientos negativos que concluyen en la búsqueda de un culpable. Algo externo donde verter nuestra ofuscación de forma egoísta. Luego buscamos consuelo en el que preferimos escucharnos a nosotros mismos. Y al final, se queda una puerta entreabierta, esperando una respuesta.

Vileza.
Se acerca lleno de aparentes buenos propósitos, posando en tus hombros las manos que mecen la cuna del diablo. Con actitud sibilina muestra siempre sus cartas a tus espaldas, dejando tu culo aire cuando menos te haría falta. Jugando con la paciencia de la gente sin que ninguna de éstas le hayan propinado aún algún golpe. Se eleva impulsado por una actitud déspota y altiva, ensalzando su ego por encima del reflejo del cielo en un triste charco del suelo. Capaz de ensordecer los oídos más finos con sus palabras soeces. Consumido por el veneno que agria los besos de crueles despedidas que tornan grises e inmunizan tu alma de posibles recaídas. Repartiendo mezquindad por las esquinas espera que sean bienvenidas cada una de sus decisiones. Y así aburre la repetición de las situaciones llenas de revuelo por la contraposición de opiniones en las que nunca se da un brazo a torcer. Mañana volverá a eclipsar los nombres de aquellos que considera enemigos, creyendo como castigo una frágil pataleta pueril. Estimula el veredicto de la indiferencia perpetua. Con los ojos cerrados a cada uno de sus defectos, sigue una sinuosa trayectoria que desembocará en un estrepitoso fracaso, mil veces avisado. Rodeado por un séquito de desconocidos emprende un camino de no retorno.

Bombardeo catódico.
Los rayos catódicos nos traen promesas de sueños cumplidos tapados por la mentira. Se premia la falta de cultura entre risas de complacencia. Quedamos absortos en el divertimento de situaciones donde abunda una falta total de escrúpulos. Escuchamos noticias terribles, suavizadas por caras bonitas que nos ayudan a digerirlas sin ninguna dificultad. Se prescinde del contenido en la forma de contar las cosas. Se pierde la elocuencia en el fluir de relatar un suceso. Dejan la vista como único juez decisor. Venden cada vez en una mayor franja que va copando la totalidad de la parilla. Intentan imponer conclusiones rotundas de verdad absoluta sobre cualquier tema diverso, con argumentos oxidados por el tiempo de una repetición continua. Tienden a una uniformidad peligrosa, que le hace a uno aflorar las ganas de apagar esa pantalla maliciosa.





PD: Dejando atrás por fin, un horrible resfriado.

domingo, 22 de mayo de 2011

Ingenuidad Olvidada.

Noche estrellada.
Abría la ventana avanzado el crepúsculo, para contemplar el cielo nocturno. Deseaba que aquella noche alguna de las estrellas le devolviera la mirada. Esa misma que él perdía al quedarse embelesado por esas luces resplandecientes que acababan cegándole cada vez que las observaba. Cerraba los ojos y en aquella oscuridad consentida todavía podía verlas. En el cielo de sus párpados se proyectaban por sus retinas, aún así seguía admirándolas. Su consciencia se distorsionaba y sentía como las estrellas se burlaban de él cuando estiraba los brazos para intentar alcanzarlas sin éxito. Y aún en sueños seguía inmóvil en su ventana, pero las estrellas se apagaban al sentirse acosadas por la insistencia de su mirada. Una vez que todas se marcharon, dejándole solo, sólo quedaba la Luna que en su cuarto menguante parecía guiñarle de manera condescendiente. “Sólo tú me entiendes”, pensaba mientras se despertaba para meterse en la cama.

Andando en círculos.
Se cierra un nuevo círculo dejándole fuera. Ya no hay más respuestas que escuchar. Ignorado hasta por su sombra que le abandonó sin dejar despedida. Pisaba las baldosas de la calle sin tocar las esquinas, esforzándose por mantener la mente en aquel juego intranscendente. Guiado por aquella secuencia demente, atisbaba la calle plagada de círculos. Se agarraba el corazón para que no saliera de un impulso. Seguía caminando dando saltos del presente al pasado. Con cada salto vislumbraba como el sangrado de su cuerpo había plagado su alma de cicatrices. Y el daño profundo e invisible tiene cita cada mes en la consulta de su psique. Pero una vez confinado el dolor, se convierte en la más temida bestia enjaulada. Perdido por el cosmos interno, intentando no volver a recuperarlo. Peligroso tubo de ensayo que de romperse nos deja a merced de la anafilaxia. Y convierte el todo en patrañas dejando lo minúsculo, como un pequeño círculo, en el centro de su universo.

Ley de vida.
Era dueño del optimismo. En los días nublados aún reconocía el resplandor del Sol. La lluvia era para él una oportunidad para usar el paraguas. Veía el vaso medio lleno, aún estando completamente vacío. Que su equipo perdiera le permitía dar la enhorabuena a los seguidores del equipo rival. Cuando tropezaba por la calle no hacía nada por disimularlo y si se caía era el primero en reírse. Llevaba toda la ropa blanca teñida de rosa por un incidente con la lavadora, presumía, pensando que todo había quedado mejor que antes. Nunca discutía, nada podía hacerle perder la sonrisa. Cuando su mujer le engañaba con otros hombres, pensaba que era bueno que conociera a otra gente. Su jefe le echó del trabajo y decidió que era hora de intentar crecer profesionalmente. Pasaban los meses y no encontraba trabajo, esa situación sólo hacía crecer su expectación. Su mujer acabó por dejarle por uno de sus amantes, él consideraba que había llegado el momento de abrirse a una vida nueva. No contenta con marcharse, se llevó también a sus hijos, dejándole sin opción a la custodia y oponiéndose a que los viera, él sabía que ellos no estarían mejor en ninguna otra parte que con su madre. Le desahuciaron de su casa, le supuso un reto para conseguir un lugar nuevo donde vivir. Se instaló al lado de un pequeño polideportivo, donde se abastecía de los cubos de basura circundantes y se aseaba en los vestuarios teniendo cuidado de que no le vieran, se sentía como un espía de película de acción. Le condenaron a prisión por estar en el sitio equivocado en el momento menos oportuno, de todas formas seguía confiando en la justicia. Nadie le visitó en los años que estuvo recluido, intuía que tendrían mejores cosas que hacer. Cuando murió improvisaron un ataúd con tablones de madera y algunos clavos. Dejó como última voluntad una frase para su epitafio. Le enterraron delante de una pequeña piedra donde se podía leer: “Ahora, por fin, soy…”


lunes, 16 de mayo de 2011

Medallero Injustificado.

Trágico y Patético.
Patético estaba sentado en un banco del parque desmigajando pequeños trozos de pan para los pájaros. Ninguno acudía a acompañarle. Sus intentos eran inútiles, todo su esfuerzo era inservible. A pocos pasos de allí, y sentado en otro banco, estaba Trágico. Estaba leyendo sus viejas cartas de amor que rompía en pedazos al terminar. Las lanzaba para que se las llevara el viento, pero el tiempo estaba en calma. Los pájaros acudían para alimentarse de los pequeños trozos de amor dulce que permanecían en las cartas de Trágico. Patético por su parte envidiaba lo que él consideraba suerte para Trágico, al ganarse la compañía de los pájaros del parque. Mientras tanto, Trágico veía como los últimos recuerdos de una bonita historia de amor estaban siendo devorados por aquellos pajarillos hambrientos. Hubiera preferido que el olvido del viento hubiese esparcido los pedazos por el infinito. Nada salía nunca como lo planeaba y siempre debía aceptar los sucesos con resignación. Patético, furioso por aquella injusticia, se levantó de un brinco del banco y comenzó a caminar para alejarse de su derrota. A los pocos pasó resbaló, cayendo en un gran charco lleno de barro. Las carcajadas se oían por todo el parque. Trágico derramó algunas lágrimas ante aquel golpe de mala suerte, mitad sentimiento, mitad compasión. Se acercó a Patético y le ofreció las cartas que le quedaban para que se secara un poco. Ante aquella muestra de clemencia, Patético se mostró aún más enfadado. Tomó las cartas arrebatándoselas de las manos de Trágico y las rompió en sus narices. Se las tiró a la cara, pero nunca le llegaron a tocar. De repente sopló un fuerte viento que esparció los pedazos más allá de aquel parque. Vidas llenas de ironía.

Ni contigo, ni sin ti.
- ¿Qué haces?
- Ordeno esto un poco. Mira lo que he encontrado.
- ¿Un anillo? ¿Me lo das?
- No puedo, es un recuerdo…
- ¿De quién?
- Sabes de quien. Pero no lo tengo por el quién, sino por el qué.
- ¿Y por qué es?
- Por una bonita historia que acabó mal.
- ¿Y por qué no me quieres dar?
- Forma parte del pasado.
- Y puede formar parte del presente. No lo rechazaré.
- Cuando lo ofrecí, tampoco lo rechazaron.
- ¿Y por qué lo tienes tú?
- Porque no se sentía capaz de quedárselo y a mí no me importaba guardarlo.
- De esa forma seguirá siendo algo que no podrás superar.
- Tal y como está, está bien.
- No, ¿y yo qué?
- No tienes nada que ver con este anillo.
- Si es algo a lo que sigues aferrado, tiene que ver conmigo. No entiendo por qué no me unes a ese compromiso.
- Pues porque es diferente.
- Claro, no sientes lo mismo por mí que por ella.
- No he dicho eso. Estás siendo injusta.
- ¿Quién es injusto aquí? El único que no es sincero, eres tú.
- Pero si te estoy diciendo la verdad.
- Vuelve con ella si tanto lo deseas.
- Lo único que quiero es estar aquí contigo.
- Lo que quieres de verdad es ese maldito recuerdo. Y la que deja de querer estar aquí contigo soy yo. Adiós.
- Vengo a traerte un regalo.
- ¿Qué es?
- Ábrelo.
- ¿Éste no es su anillo?
- Sí, quiero que lo tengas tú.
- No, no lo quiero.
- ¿Por qué?
- Ese anillo no me corresponde.
- ¿Cómo que no? Es a ti a quien quiero.
- Ese anillo cerró su etapa, no quiero ser la continuación de esa historia.
- No seas egoísta.
- ¿Egoísta? Me estás pidiendo que acepte que me quieres de la misma forma que en esa etapa anterior de tu vida. Una historia de amor que no acabó bien. Necesito que esto sea algo distinto, no soy tu segunda oportunidad. No me merezco eso y tampoco creo que lo merezca esa historia de amor. Déjalo como está, así está bien.
- Pero, yo te quiero. Y quiero que lo tengas.
- No, tú quieres una oportunidad que no puedo darte.
- Pero…
- No hace falta que sigas. Ya me he dado cuenta de lo equivocada que estaba. Adiós.


domingo, 15 de mayo de 2011

Otra vez fui guionista de House...

Alérgico solitario.
- Tenemos un nuevo paciente…
- ¿Y tú quien eres?
- Es la nueva interina que mandaste traer, Hou…
- Tú cállate, ella tiene boca para hablar. No te molestes, querida, ya no tiene gracia. ¿Síntomas?
- Alergia a la soledad y misantropía. Lo último no sería un síntoma de no ser porque es la causa de su dolencia.
- ¿Ves como puede hablar? Ha vuelto a hacerlo. Bien, ¿en qué quedamos? O tratamos la alergia o la misantropía.
- Lo mejor será tratar la alergia.
- Como de costumbre, apostando por lo más divertido.
- Apostando por lo que tiene tratamiento.
- Por eso es menos divertido.
- Es lo más efectivo, además de nuestra única alternativa.
- Temo discrepar en tus aseveraciones. Dudo que lo más efectivo para el paciente sea curarle la alergia para dejar que se pudra solo.
- Ése es su problema, el escoge su manera de vivir.
- ¿Tú has escogido una forma de vivir o vives para escoger las posibilidades que te lanza la vida?
- …
- El silencio siempre me acaba dando la razón. De todas formas no sé qué hacemos discutiendo sobre un caso resuelto. Empiezas mal novata, pedí síntomas, no enfermedades. Sin diferencial, no hay diversión. Sin diversión, me voy a casa.

Cláusula invisible.
- House a la consulta.
- ¿Es porque soy cojo?
- ¿No ves la cola tan larga que tienes ahí formada?
- Nada en comparación con cómo se pone cuando veo tu culo apretado en esos vestidos tan ceñidos que te pones últimamente.
- Haré como que no he oído nada. A trabajar.
- A sus órdenes, curvilínea jefa.
- Bien, pueden empezar a entrar por orden.
- Buenos días.
- Ya puede irse.
- ¿Cómo? Pero si acabo de…
- Sí, bueno. Usted tiene estreñimiento y un seguro que me prohíbe tratar ninguna enfermedad que empiece por la letra E. Lo siento mucho. Cambie su póliza o de enfermedad. Le aconsejo lo primero, será más sencillo. Siguiente, por favor.
- Hola, ¿qué tal?
- Veamos, en su seguro figura que no puede recibir ningún tipo de servicio los días impares. Mala suerte, vuelva mañana.
- Maldita sea.
- Hágale saber a su aseguradora de su insatisfacción. Muy bien, sepan los demás que el seguro que tienen contratado les prohíbe que les atienda un médico con discapacidad. Así que hasta otro día.
- House, ¿a dónde se supone que vas?
- Entre tú y yo, Cuddy. Inventarse la letra pequeña de los contratos es una gran ventaja en este trabajo. Hasta mañana.

Juego de adultos.
- Creo que tenemos un nuevo paciente.
- ¿Crees? No sabía que fueses religiosa.
- Es que es un niño.
- ¿Y?
- Y ya está.
- ¿Síntomas?
- Ninguno.
- Estamos perdiendo el tiempo de forma inútil, novata. No me dejas otra alternativa, despedida.
- Dice que viene a tratarse porque es un niño.
- ¿Y qué quiere ser niña?
- No, quiere ser adulto.
- Sigue. Puede que estés ganando una oportunidad para ser readmitida.
- Dice que ser adulto es la solución para que pasen desapercibidas las cosas malas que hacen los demás adultos.
- Me gusta cómo piensa el chico. Pero aún así no hay nada que podamos hacer.
- No estoy de acuerdo. Podríamos tratarle con una intensa terapia de noticieros sensacionalistas.
- Mm, terapia de choque. Me gusta, quedas readmitida.
- Aunque personalmente prefiero que siga el curso natural. Que pierda su inocencia e ingenuidad con el transcurso del tiempo.
- Definitivamente despedida.
- Vale, ya voy.
- Es demasiado fácil.





PD: Y otro más. Hacía ya tiempo del último.