jueves, 18 de agosto de 2011

Canívales Rumiantes.

Sin perdón.
Le costaba horrores conciliar el sueño por las noches. Aquel maldito demente aparecía en cada una de sus pesadillas. No podía dejar de lamentarse por todos los crímenes que no fue capaz de impedir. Se imaginaba a cada una de las víctimas clamando venganza, esa sensación le embargaba con una furia colosal. Empapaba la cama en sudor con la idea de poder tenerle cara a cara por un momento. Esa noche iba a conseguirlo, sin saberlo de antemano.
- ¿A qué viene ese desvelo, inspector? ¿No es capaz de dormir? ¿Quiere que le cante una nana? – preguntaba en tono jocoso.
- Vaya, creía que este sería el último lugar donde querrías estar – contestó contundentemente el policía.
- Se equivoca, ese lugar sería la cárcel. Y con suerte este será el último lugar en el que esté – terminó musitando para sí mismo.
- Bueno, si se puede saber. ¿Qué te trae por aquí? – preguntó el inspector algo molesto.
- Poca cosa. Venía a disfrutar de su conversación, inspector – espetó irónicamente.
- No comprendo cómo tienes el coraje de aparecer por aquí – replicó lleno de ira.
- Eso es, me encanta cómo crece la rabia en su interior. Aliméntese de ella, deje que se haga más fuerte hasta que le controle por completo – dijo ilusionado.
- Maldito loco, si pudiera te mostraría unas dosis de realidad – explicaba mientras miraba su pistola que descansaba sobre la cómoda.
- Excelente, inspector. Enséñeme esa realidad, aunque yo podría hablarle de otro tipo de realidad. Usted inspector, representa el orden, lo que se le pasa por la cabeza no sería propio de alguien en su posición. En cambio, yo soy el caos y ahora mismo estoy entablando una amistosa conversación con usted, de igual a igual – relató inspirado.
- Ni se te ocurra compararte conmigo, maldito loco – la rabia del inspector crecía con cada comentario.
- Claro que no inspector, no me malinterprete. Sé muy bien que usted no tiene el valor de tomar venganza por aquellos que pesan en su conciencia – sentenció hiriente.
- Estas jugando con fuego, amigo. Así que deja de tentar a la suerte – concluyó el inspector, con la tranquilidad que proporciona los instantes de inmensa tensión.
- Vamos, inspector. No lo piense, máteme. Vamos, acabe, máteme. Agarre esa pistola aunque sea por su estúpido hijo…
El final de aquella frase le dejó petrificado. Cuando volvió en sí, comprobó que sostenía su pistola en la mano derecha. Una estela humeante salía por el cañón de la misma. El inspector seguiría sin poder dormir.

Canto de sirena.
Necesitaba oír el canto de la sirena.
Vagaba perdido, aquel marinero,
caminando por la arena.
Despertó de un naufragio certero,
que le dejó en aquella playa serena.
Las olas apenas le dejaban oír,
por eso gritaba con todas sus fuerzas.
Al fin una sirena acudió a verle…
- Ay sirenita mía,
no me dejes te lo ruego.
Que ahogarías mi vida entera.
- Déjese de ruegos, marinero.
Que acabaría con su vida,
el saber que no le quiero.
Sentía el desgarro en sus venas,
lágrimas rojas cubrían el cielo.




PD: Agua sin sueño...

viernes, 12 de agosto de 2011

Perseguid a la acusación.

Un viento molesto soplaba en el exterior de los juzgados, que parecía vaticinar un resultado incierto. El abogado repasaba mentalmente las bases de su alegato final, mientras, escuchaba con vaga atención los argumentos acusadores del fiscal que no buscaban otra cosa que el veredicto de culpabilidad para su cliente. Su cliente era nada menos que su peor enemigo, el fiscal jefe Dalton. Sin duda era el caso más difícil al que se había enfrentado a su vida. El señor Dalton estaba siendo acusado de matar al hermano de su defensa, el también abogado Michael Crane. Robert era el hermano pequeño, siempre bajo la sombra de la estrella de su hermano. Las batallas entre su hermano y el señor Dalton eran memorables. La fama de su hermano llegó cuando fue capaz de ganarle varios casos al “intratable Dalton. Así le llamaban, porque nunca llegaba a pactar tratos con los abogados, ya que siempre era capaz de obtener las mayores condenas. El fiscal Kenton estaba acabando su intervención. Robert tomó tembloroso su vaso y bebió una pizca de agua antes de incorporarse para comenzar su discurso.
- Señoría, portavoz del jurado, damas y caballeros del jurado – comenzó protocolariamente- como ya saben soy Robert Crane, el abogado defensor del acusado, el fiscal jefe James Dalton. Hoy están siendo testigos de algo totalmente inusual, dos fuerzas completamente opuestas luchando por un mismo propósito. Por un lado tenemos a mi cliente, acusado de asesinato. Un hombre inquebrantable que hace cumplir la ley hasta sus últimas consecuencias. Por el otro estoy yo, hermano de la víctima. Defensor acérrimo de mi deber, proteger y preservar la inocencia de mis clientes. En este día podemos ver como el honorable James Dalton se ha pasado al bando contrario para poder luchar por sus propios intereses. En su contra está todo el poder del Estado, representado por el fiscal Kenton. ¿Quién le iba a decir a señor Dalton que lo que él representaba con firmeza se volvería un día en su contra? Parece hasta irónico, ¿verdad? Pero ése no es el caso que nos ocupa. Lo que queremos saber aquí, es si ese hombre cometió el crimen del que se le acusa. Somos partícipes del desfile de pruebas que han pasado ante nuestros ojos y los numerosos testimonios de los testigos que hemos sido capaces de oír. La conclusión de toda esa parafernalia quedó clara en aquel momento. Las teorías de la acusación fueron meticulosamente desmontadas, debido a la obvia contradicción que establecían las pruebas de que disponemos. Pero eso ustedes ya lo saben. Así que hablemos de lo que no conocen. Seguro que no pueden parar de hacerse una pregunta ¿por qué yo? ¿Por qué yo presto mi ayuda al presunto asesino de mi hermano? La respuesta es evidente y perdónenme que se la conteste con otra pregunta, ¿qué interés puedo tener en defender a esa persona? La respuesta es ninguno, a no ser que sea inocente. Ahí está la cuestión, ¿por qué iba a defender al fiscal sin creer que es inocente? Porque de lo contrario podría haber rehusado de tal obligación y en cambio, aquí estoy. Justicia para todos, esa es nuestra consigna. ¿Acaso mi interés por ganar este caso podría superar el esclarecimiento de lo ocurrido con mi hermano? Creo que me sobran motivos para demostrar la inocencia de mi cliente, maldita sea, hasta me hubiera sentado en el estrado para corroborar mis palabras si hubiera sido posible. Pero por otro lado, ¿qué motivación tiene la acusación más que la de ganar? No les pediré un veredicto favorable para mi cliente, porque de todas formas ya he salido perdiendo. Eso es todo, he acabado mi intervención, señoría.
- Muchas gracias, abogado. Bien, el jurado tiene un cuarto de hora para deliberar, después de que transcurra ese periodo de tiempo se reanudará la sesión – concluyó el juez dando un par de golpes con su mazo – Se levanta la sesión. Señor Crane y señor Kenton, vengan a mi despacho, por favor.
Los tres se reunieron en el despacho del juez. El silencio se mantuvo durante un instante interminable. El juez Johnson tomó la palabra.
- Robert, ya sabes que fui buen amigo de tu hermano. Sinceramente, Michael se avergonzaría de ti en este momento – afirmó el juez con frialdad.
- Por favor, Crane. Nadie sería capaz de creerse el rollo que has soltado – dijo el señor Kenton.
- Tu hermano nunca hubiese tomado el caso de un hombre culpable. Es cierto que no hay ninguna prueba concluyente contra Dalton, pero está metido en mierda hasta el cuello – añadió el juez.
- Lo sé, pero ese hombre sabía que su única posibilidad de ser declarado inocente pasaba por que le defendiera – dijo Robert con tono preocupado.
- Entonces, ¿por qué diablos aceptaste defenderle? – preguntó Kenton.
- Porque era mi única posibilidad para pasar desapercibido – contestó Robert.
- Explícate – exigía el juez.
- Mi hermano persiguió a esa rata sin descanso, él sabía que no jugaba limpio. Finalmente consiguió descubrirlo, el fiscal jefe Dalton falsificó pruebas en multitud de casos. Después de recopilar montañas de información, por fin tenía pruebas con las que inculparle. Pero el fiscal debió darse cuenta y acabó con él. Pues bien, esas pruebas son las mismas que ahora arrojo sobre su mesa – respondió Robert contundentemente.
- ¿Y qué quieres que haga ahora con esto? Ese hombre será declarado inocente por tu culpa y no se le podrá volver a juzgar por el mismo crimen – le reprendió el juez.
- Por eso les necesito a ustedes. Sé que Kenton quiere a ese hombre bajo sombra para allanar el terreno en su candidatura a la jefatura de la fiscalía. Y usted señor juez, su posición se vería reforzada si consigue inculpar a ese hombre – les explicó Robert.
- ¿Qué propones? – preguntó Kenton con cierto interés.
- Que presentes un recurso extraordinario de invalidación en contra de la sentencia y que el juez lo ratifique. Después de eso ordenad su arresto, quiero que sea acusado y condenado tanto por el asesinato de mi hermano como por la falsificación de pruebas – finalizó Robert.
- Así se hará, por la memoria de tu hermano. ¿Conforme señor Kenton?
- Por supuesto.
Pasaron los quince minutos. El jurado volvió a la cámara, así como la gente que había acudido al juicio. Aquellos tres hombres se sentaron en sus respectivos asientos. El espectáculo estaba a punto de comenzar.
- Se reanuda la sesión – empezó el juez – Portavoz, ¿ha tomado el jurado una decisión?
- Sí, su señoría. En el caso del Estado contra Dalton el jurado encuentra al acusado, el señor John Dalton, inocente – concluyó el portavoz.
- Bien, el señor Dalton quedará pues en libertad, exento de cualquier sospecha. Doy por cerrada la sesión – finalizó el juez dando otro par de golpes con su mazo.
En la sala se creó un pequeño revuelo que se mezclaba con ruido que hacía la gente al marcharse. En aquel momento, abogado y cliente intercambiaron unas palabras.
- Buen trabajo, muchacho. Sabía que podía contar con usted.
- No me lo agradezca, señor. Si me lo permite, me marcharé para no estropear su momento. Disfrútelo – dijo Robert abandonando la sala.
Las felicitaciones en torno al señor Dalton eran innumerables, cuando de pronto.
- Señor Dalton, queda detenido por falsificación de pruebas. Me abstendré de leerle sus derechos – dijo un guardia.
- Maldito seas, Robert Crane. Esto no quedará así, te lo prometo – gritaba el viejo fiscal.
Desde el fondo de la sala, Robert sacó fuerzas para decir unas últimas palabras a su enemigo.
- ¿Hacemos un trato? ¿Qué me dice señor fiscal?




PD: Madre mía, vaya tocho. Bueno, a ver qué tal.

jueves, 11 de agosto de 2011

El poder de lo especial.

Buscamos la genialidad en lugares equivocados. Creemos encontrarla en sucesos de gran transcendencia. Pero las grandes acciones por si solas no tienen más que el valor que podamos darles. Nos dejamos asombrar por importantes descubrimientos llenos de trabajo y dedicación. Nos parecen hallazgos inalcanzables, fuera de nuestras posibilidades. Puede que así sea, pero no debe ser algo frustrante. Si no podemos destacar con nuestro ingenio o intelectualmente, siempre se recurren a otras alternativas. La cuestión está buscar algo en lo que nos podamos sentir superiores a los demás. Ante esta ansia irrefrenable a veces me pregunto, ¿por qué? ¿Por qué tenemos esa obsesión de destacar en algo que hacemos? ¿Para qué intentar colocarnos por encima de los demás? El límite no está en la satisfacción personal, sino en la sensación de superioridad. Sumergidos en esa búsqueda, quedamos hipnotizados por el reflejo del éxito. Idolatramos estereotipos que marcan tendencias. Es entonces cuando algunos invocan uno de los más frustrantes conjuros que pueden oírse, “me gustaría ser como fulanito”. Un concepto incomprensible que desemboca en la uniformidad, ya que grandes masas tendrían esa misma ilusión por la necesidad insaciable de sus egos. Controlar nuestra propia vanidad es algo importante. Siempre me ha extrañado la peregrinación hacia lo que nos quieren hacer creer que es realmente relevante. ¿Por qué lo grande, lo colosal, lo sobrehumano? La realidad es que hay millones de héroes anónimos. Gente que se podría llamar “corriente”, gente de a pie, de la calle. Gente que no se deja guiar por las apariencias y que tiene una personalidad afianzada. Maldita sea, la libertad es una utopía. Incluso en el pensamiento, por desgracia estamos influenciados en mayor o menor medida. Pero hay algo en lo que todavía no han podido influenciar y es en nuestra capacidad única de sentir. Ahí está la clave, en conocer nuestros sentimientos, saber controlarlos y enseñar nuestra forma genuina de sentir a los demás. Lo especial está en lo que nos diferencia, no en lo que nos hace iguales. Aquí nos volvemos a equivocar y pensamos que la diferencia se encuentra en lo material o en el físico. Envidiamos las abultadas cuentas corrientes de algunos individuos, su hermosura, su destreza en alguna disciplina. Creemos que eso es lo que nos diferencia y que si conseguimos destruir ese desequilibrio encontraremos la felicidad. Lo que nos diferencia está en pequeños matices y fundamentalmente en no querer ser otra persona más que uno mismo. Es alentador ver el tímido destello de vida en unos ojos. Conocer personas con el sentido de lo esencial firmemente establecido y que son capaces de permitirse nadar entre banalidades porque no quedaran atrapados en sus redes. ¿Por qué la máxima aspiración de algunas personas está en tener mucho dinero, muchos coches, ser futbolista, preocuparse de manera obsesiva y en algunas ocasiones compulsiva por su aspecto físico? No pretendo criticar esa actitud, pero demonios, la verdadera pregunta sería la siguiente. ¿Por qué la gente no aspira a ser buen padre, buen esposo y lo más importante ser buena persona e intentarlo cada día con todas sus fuerzas? Ahí está la heroicidad y la grandeza. No está en querer atesorar algo que es temporal, sino en compartir lo que tenemos perpetuamente hasta nuestro final. Definitivamente, lo especial no está fuera, está dentro de nosotros y nuestra labor es encontrarlo. Felicidades para quien haya dado con su hallazgo personal y ánimo para quien esté intentándolo o lo quiera intentar. Dejar volar los sentimientos es siempre mejor que encerrarlos en jaulas, porque es ahí donde se encuentra nuestra única oportunidad para la libertad.




PD: Camarero, la sopa está sosa...

jueves, 4 de agosto de 2011

Caleidoscopio Abstracto.

Rey de Espadas (Dama de Corazones, Sota de Copas).
Estaba entre la espada y la pared. Nunca mejor dicho tratándose del caso del “asesino de la espada”. Los continuos contratiempos que padecía el inspector, estaban sacando de quicio a su jefe. Era su última oportunidad y lo sabía. Había estado meses detrás del asesino, pero aún sin éxito. Tenía multitud de pruebas que al ser confirmadas acabarían de una vez por todas con aquel peligroso individuo. No se lo explicaba, siempre estaba en el lugar del crimen antes que ningún otro policía, pero era incapaz de actuar. Se quedaba paralizado y para cuando reaccionaba, era tarde. En su cabeza permanecía imborrable la misma escena, un cuerpo sin vida rodeado por un pequeño charco de sangre y sin rastro de quien se había tornado su obsesión. El asesino mataba a sus víctimas atravesando sus corazones con una espada ropera. Seguramente, lo vería como una manera romántica de matar a alguien. Es posible que eso aliviara su culpa, si es que conseguía sentirla. Algo curioso es que siempre dejaba un vaso de whiskey a medias. El inspector rezaba por que en aquella ocasión se acabase el vaso y de esa forma tuviese el tiempo suficiente para atraparle. No obstante, algo le decía que iba a ser su día de suerte. Así sería, había imaginado ese momento en decenas de ocasiones, tantas como sus repetidos fracasos. Cada vez que lo pensaba, le invadían unos nervios irrefrenables y una excitación inmensa. Sentía las descargas de adrenalina que soltaba su cuerpo, haciendo que su respiración aumentase. Pero para su sorpresa, no fue así. En vez de eso estaba perplejo. Una vez más estaba paralizado. Tenía al asesino justo enfrente, cara a cara. Sostenía el estoque y bebía su típica copa de whiskey. Las gotas de sudor recorrían la frente del inspector, intuía un nuevo fracaso. El asesino atónito, al ser descubierto, soltó el estoque y esté dejó un sordo sonido metálico en la habitación al chocar contra el suelo. El inspector bebía su whiskey compulsivamente, al estarse viendo en el espejo.

Perder, perdido, perdiendo.
A veces para encontrarse hay que perderse primero. Así estaba él perdido, completamente fuera de sí. Por fuera aparentaba ser la misma persona, pero podría decirse que hasta ni eso. La expresión agreste de su cara hacía que incluso su aspecto resultase extraño. Esto hace que resulte innecesario hablar de lo que llevaba por dentro cosido a las entrañas. El odio, el rencor, la desesperación, el miedo, la ira. Todo aquello no le dejaba vivir y hacía que él, de la misma manera, intentara no dejar vivir a los que le rodeaban. Un furioso desprecio se apoderó de su mirada, que ahora era penetrantemente destructora. Escupía palabras llenas de insidia que apenas podía controlar. Sentía un gran vacío que no dejaba de llenarse de sentimientos tortuosos y devastadores. Cerraba su mente, dejando entrar únicamente a sus pensamientos lastimosos. Rechazaba violentamente cualquier tipo de ayuda que le acercase a la salida, alejándose así de ella. Ignorando que la salida estaba en él mismo, pero de no ser así no abría salida a la que acudir. El verdadero peligro de perderte es que existe la posibilidad de que no pueda encontrarme. En cualquier caso, siempre habrá momentos en los que llorar por lo perdido.

Vick, Vick, Victoria.
En alguna que otra ocasión, sentía una pequeña inseguridad. Una fragilidad leve pero suficiente para quebrarla en mil pedazos si no tenía cuidado. No obstante, sabía manejar aquella situación con astucia. Abrazaba la tristeza lo justo para poder seguir adelante. De esa forma reafirmaba su característica alegría. Un pequeño momento de melancolía era capaz de devolver la armonía con la que transcurría su vida. Sin saberlo, había dado con uno de los secretos más poderosos de la humanidad. Convirtió los sentimientos negativos en algo beneficioso para ella. Pero su temerosa ingenuidad no le dejaba darse cuenta de tan gran hallazgo. Visitaba oráculos para encontrar la respuesta de algunas de las preguntas que le inquietaban. Le gustaba reflexionar y prestar atención a las palabras que leía o escuchaba. Sentía curiosidad por la vida. Desconocía que todo aquello se fusionaba en una palabra que despejaba cualquier misterio. Esa palabra es, Victoria.




PD: Esta entrada (entera hasta el último punto) se la dedico a Vick. Una vez me dijo que le gustaría que le dedicasen algún escrito. Bueno, espero no decepcionar.

jueves, 28 de julio de 2011

Abrevadero Sediento.

La era de la macabra desinformación.
Es importante estar informados. Al menos, eso es lo que dicen. Pero últimamente, me asalta con mayor claridad el pensamiento de que al sentarme a ver un telediario, más que informarme, me desinformo. Cada vez los observo desde una perspectiva más irónica y distante. Me producen la desconfianza de saber que como empresa, no son capaces de ver más allá de la audiencia para dar un contenido imparcialmente neutro. La neutralidad es algo utópico pero se puede aspirar a la cercanía de la asepsia informativa. De todas formas, lo peor no está en relatar los sucesos de forma sesgada, sino que la gente no dude de ellos. Controlando las corrientes de pensamiento a través de los medios de comunicación, imponiendo verdades absolutas en forma de opiniones personales. Es cansino ver como la mayor parte de los periodistas se limpian el culo con la ética profesional. Y todo por avanzar rápido y lo máximo posible en sus carreras. Ver que cada vez que toman el control de lo ocurre en la pantalla sienten una impetuosa sensación de superioridad que respalda cada una de sus insensateces. Aunque realmente no era esto sobre lo que quería descargas mis letras, sino sobre una anécdota informativa que ayer viví. Viendo el informativo de cierta cadena, del cual no daré el nombre, pude comprobar la macabra percepción de dos realidades bien distintas. Fueron dos noticias bastantes próximas entre ellas. La primera relataba la penosa situación alimentaria que acaece en Somalia y lo que me pareció más significativo fue, que el avión que tenía que llevar la ayuda, estaba parado en un aeropuerto por problemas burocráticos. La segunda noticia narraba la subasta de una botella de vino, más vieja que Matusalém, por una cantidad elevada de dinero. Dos realidades que son la misma cara de una moneda. Es macabro que nos separe ese abismo, pero peor es que sea algo que sé por hecho. Algo que pueda parecer normal, palabra que detesto profundamente. Y siempre me preguntaré, ¿por qué? ¿Verdaderamente hay alguna razón para las cosas sean así? La respuesta evidente sería que no. Pero al ver la realidad, no queda otra opción que resignarse a que debe haberla, pero que aún así con total seguridad no la entendemos. Es indignante ver cómo una botella de vino puede ser algo más importante que la vida de centenares o miles de personas. No es el hecho mismo de ambas noticias lo indignante, eso sería quedarse únicamente en la anécdota. Es algo más general, es la propia situación. Uno siente rechazo y repugnancia, pero con mayor intensidad impotencia. Y con estas palabras no pretendo aliviar la culpa. Porque también he de sentirme culpable. Sólo ser otra voz más que avise de la desigualdad.

¿Empatía obsoleta?
Ahora que hablamos de desigualdad, es hora de echar piedras contra nuestro propio tejado. Es un poco ingenuo intentar arreglar los problemas del mundo cuando no se pueden ni arreglar los problemas entre un pequeño colectivo. He seguido el movimiento 15-M con cautela. Me ha entusiasmado la indignación en un principio y hay ciertos aspectos que apoyan con los que estoy de acuerdo. Pero cada vez que se oía a alguien por televisión hablando, sólo he sido capaz de escuchar críticas a distintas instituciones. No creo que no se las merezcan, pero la gente del movimiento (y las que no también) que tanto crítica la actitud de los partidos políticos que únicamente van en contra de las proposiciones del contrario. Es cierto que el movimiento está sugiriendo sus propuestas, pero su actitud crítica para todo lo demás es la misma. Reflexionar sobre las carencias de la política actual es una actitud muy sana para la democracia, pero, ¿por qué no reflexionamos sobre lo que nosotros, la sociedad, hacemos mal? Porque es muy fácil echar los balones fuera y decir ¡hala, que me lo solucionen! ¿Dónde está la autocrítica? Es posible que haya existido, aunque lo dudo, pero aún así yo no la he visto. Y no es por falta de razones. Una de las reivindicaciones es que los jóvenes podamos optar al mercado laboral con mayor facilidad, dicho pronto y mal. Me parece magnífico, pero, (todo tiene un pero, o manzana, según se mire) ¿cuál es nuestra actitud ante el trabajo? En vez de intentar crear un clima favorable, lo único que sabemos es echarnos tierra encima unos sobre otros. Competimos en lugar de ayudarnos, es una dinámica antigua, totalmente cimentada en nuestro comportamiento y pensamiento. Luego te deslumbra el reflejo de la hipocresía en actos puramente solidarios. Que decenas de personas se congreguen delante de una casa para ayudar a una familia que va a ser desahuciada, me parece un acto totalmente loable. Pero me hace desconfiar, ¿somos capaces de colaborar unos con otros en situaciones que no sean desesperadas? Por lo que podemos observar, generalmente, no. Nos llegan a conmover este tipo de situaciones límite y llegan a sacar lo mejor de nosotros. Pero en una situación de cierta igualdad social, no somos capaces de seguir con ese mismo comportamiento. Para alcanzar la felicidad muchos necesitan irremediablemente sentirse superiores a los demás. Se desprecian los sentimientos sin ningún remordimiento. ¿Por qué ayudamos en causas desesperadas y no en otras ocasiones en las que también hay quien lo pasa mal? “Yo también tengo mis problemas y no pido ayuda a nadie”, esa es nuestra excusa. ¿Que sea menos importante es razón para negar un poco de colaboración? ¿Qué pasa cuando nosotros sentimos esa sensación de desamparo, acaso no sufrimos? Y siendo así, ¿por qué no somos capaces de sentir empatía hacia los demás? Concluyendo el argumento de un texto de hace pocos días, he de decir que se me ocurren infinitas razones para el sí y muy pocas para un no. Aunque también es cierto que el que no quiere ayuda, tampoco se le puede dar, ¿o sí?

Las 5 preguntas de fuego.
Era un atardecer bochornoso y anaranjado. Llegaba tarde, lo tenía asumido. Siempre me había pesado la resolución de la penúltima copa. Pero un día más, llegué a la puerta de mi despacho. La abrí tembloroso por culpa del alcohol que corría por mis venas. Cuando por fin acerté, me arrastre hacia el escritorio y me senté en el sillón, poniendo los pies sobre la mesa. Me tapé los ojos con el sombrero en un leve gesto. Supuse que la tarde sería igual de monótonamente tranquila y decidí que lo mejor sería descansar. Me equivoqué, alguien llamaba a mi puerta…
- Pase – contesté sin moverme lo más mínimo.
- Con permiso – dijo una voz femenina con un tono embelesado.
Levanté mi sombrero y las piernas se cayeron solas de la sorpresa. No podía creer la intensidad de las mentiras que me estaban transmitiendo mis ojos al verla. Era increíblemente hermosa. Pese a mi incredulidad, como buen detective, sospechaba de su imprevista aparición. Recuperando la calma, empecé mi vieja táctica. Mientras tanto ella tomaba asiento con suave delicadeza.
- Bien, señorita…
- Señora, señora Catherine Henderson – dijo interrumpiéndome.
- Catherine, bien. ¿Cómo ha llegado aquí? – comencé con mis preguntas.
- Un amigo suyo, me lo aconsejo – contestó.
- Aham, bueno. ¿A qué debo el placer de su visita? – proseguí.
- Es por mi marido, creo que está metido en asuntos turbios. El otro día entré en el despacho que tiene en casa y encontré una carta mecanografiada que hablaba sobre la llegada de un cargamento importante y que si no quería tener problemas, debía personarse en la entrega – explicó aquella hermosa dama.
- Muy bien, señorita, señora Catherine Henderson. ¿Qué se me ha perdido a mí en un caso como éste? Hablé con la policía. Yo soy investigador privado, resuelvo misterios. Aquí está todo demasiado claro – contesté con rotundidad.
- Ya fui a la policía y allí no quisieron atenderme. Por eso acudí a usted, es mi última esperanza. Además quien sabe, a lo mejor consigue despertar el interés de una dama en apuros.
Levantándose de la silla, se tiró encima del escritorio y acercándose hacia mí, buscó mis labios y los beso lentamente. Fue un momento de debilidad, pero cuando terminó, reaccioné. Ella tal y como vino, volvió a sentarse en aquella silla, esperando mi respuesta.
- ¿Cuánto te han pagado para venir a matarme? – sentencié.
Su mirada cambió, desde la sorpresa inicial a una pícara indiferencia que le confería la superioridad que suponía en ese momento.
- Lo suficiente, teniendo en cuenta de quien se trataba – respondió con soberbia.
- ¿Y bien? – es lo único que se ocurrió decir.
- Usted ya está muerto. Es la clase de tonto que se deja matar por un beso – concluyó.
Maldita sea, lo primero que pensé entonces es que debía haber desconfiado desde el principio. Pero en aquel estado siempre me dejaba guiar por el puñetero romanticismo. De todas formas, ya no importaba.
- Aún así. He de reconocer que es usted de los mejores detectives que he visto. ¿Cómo adivinó mis intenciones? – preguntaba ahora ella con curiosidad.
- Ah, fue bastante sencillo. Para empezar no tengo amigos, dudo que alguien pudiera recomendarme. Ni siquiera lleva anillo de casada, por favor, es un descuido imperdonable, además de que la historia no había quien se la creyera. Y para finalizar, ha tenido que atraer mi atención de otra manera. Lo que no supuse es que me iba a costar la vida – afirmé con tranquilidad.
- Es usted muy listo, detective. Además de guapo.
Cogí mi pistola y presioné el cañón contra mi cabeza. Mientras una bala recorría mi cráneo, veía como se marchaba con la misma delicadeza.




PD: Hasta la próxima...

martes, 26 de julio de 2011

Lugareño Empedernido.

Destino del amor.
Los engranajes del destino giran, originando el principio y el fin de los tiempos. De una batalla colosal se desprendieron una ingente cantidad de átomos. En aquel universo rebosante de energía, algunos átomos decidieron agruparse generando inmensas colonias. Buscando una estabilidad que las apaciguara. Encontrando dicho equilibrio, emprendieron un desafío mucho más complejo. Una vez que supieron cómo defenderse ante la incertidumbre del vacío universal, decidieron conquistar la autonomía. Era una tarea complicada, los átomos estuvieron a punto en muchas ocasiones de tirar la toalla en el camino de la búsqueda de la fórmula para la vida. Pasaba una eternidad mientras éstos se combinaban de distintas formas intentando logar la gloria. Había algunos reacios a tal propósito, que dejaban de ser afines a aquellos idealistas. En un día incierto lo consiguieron. La fórmula se propagaba veloz mente y la vida se expandía con velocidad. Tuvieron que encontrar las condiciones adecuadas para que fuera próspera. Había ocasiones en las que esa vida apenas duraba un instante y los átomos no se daban por satisfechos. Su investigación seguía y se hizo lo suficientemente minuciosa como para que se produjesen avances considerables. Los átomos en su infinita inmortalidad eran conscientes de las limitaciones de su fórmula. Conquistaron la autonomía, pero aquella apuesta no fue totalmente favorable. Aquellos primeros organismos perdieron la conciencia en su constitución atómica, creyendo ser los principales protagonistas. Pasaron a tener el control en detrimento de los átomos, que resignados, dieron por pérdida la batalla. Dependían de los deseos del organismo, pero les parecía mejor que seguir tal y como estaban. Se formaban nuevos organismos y en la comodidad de unas condiciones ambientales óptimas, los átomos en un gesto de gran generosidad les confiaron el secreto de la inmortalidad. Entonces los organismos aprendieron a dividirse infinitamente siendo así inmortales para siempre. El tiempo pasaba y parecía que los organismos estaban cansados de pasar por la eternidad estancados en la monotonía. Tal y como hicieron los átomos al principio de los tiempos, empezaron a unirse. No sabían cuál sería el resultado, pero algo les decía que estaban en lo correcto. El miedo que a veces padecían fue la llave para tal suceso. Soledad, calor, frío, dolor, quisieron desterrar todas esas sensaciones y encontrar su propia estabilidad protectora. Los organismos erigieron dos tribus, una pacífica y relajada, la otra activa y belicosa. Los primeros originaron las plantas, los segundos los cuerpos. Como sus antepasados, las plantas utilizaban lo que tenían a su alrededor para abastecerse, sintetizando su propia materia para obtener energía. Los cuerpos necesitaban obtener la materia y así mismo la energía a través de otros seres vivos. Las plantas son silenciosas, pero aún así emiten señales cuando están en un ambiente confortable o por el contrario adverso. Su condena fue la pérdida de movilidad, por lo demás su autosuficiencia era plena. Los cuerpos en cambio tenían el don del movimiento. Pero necesitaban de todo lo demás. Necesitaban llenar un inmenso vacío. Sus carencias eran prácticamente ilimitadas. A pesar de estas diferencias había algo fundamental que les unía. Su existencia individual era efímera, al igual que la de los organismos que al dividirse dejaban de ser un individuo único y así podían seguir prosperando. La gran revolución de estos nuevos seres, es que para llegar a la perpetuidad, para continuar en su existencia como especie, era que necesitaban dos individuos para generar un tercero. Estos engendradores perderían la vida con el paso del tiempo, dejando el futuro en manos de sus vástagos. En la muerte acaba la vida del ser y poco a poco la de los organismos que se agruparon en él y lo único que queda son los átomos que los formaban. ¿Acaso los engranajes del destino serían capaces de dar una nueva oportunidad a lo que una vez pudo ser? Desconfiando de esta posibilidad. Como no creo en el destino, no pienso dejar que arrastre el amor que siento por ti consigo. Prefiero regalártelo aunque no lo quieras contigo.

Mi mamá me mima.
Le llevó nueve meses en el vientre. Él nunca podría saber lo que eso significaba, pero no importaba. Esa sensación de como día a día su vida iba cambiando, sin que le diera tiempo a pensar en ello. Ese sentimiento de protección completo e incondicional. Un amor profundo y eterno. Tan fuerte que su bienestar era para ella lo más importante, ante cualquier cosa, ante ella misma. Le ve crecer sin apenas darse cuenta. Siempre a su lado, cuidándole. Mostrándole emociones para que pudiera reconocerlas con facilidad. Dándole todo lo que puede en todo momento al alcance de sus posibilidades. También enseñándole la crudeza de la vida y preparándole para su camino en solitario. Aunque temía que llegase ese día y no sabía cómo iba a poder afrontarlo. Pero antes de eso ahí estaban. Él tumbado en la cama, mirando al techo como si allí fuera a encontrar la respuesta que necesitaba. Al lado ella que acababa de entrar en la habitación. Le preguntó qué le pasaba. “Nada” – fue la contestación. Ella insistió porque sabía que algo le ocurría. Es increíble lo certera que es la intuición de una madre y esta vez no iba a ser diferente. Después de un rato insistiendo, sugiriendo alguna preocupación, él empezó a llorar. Ella se sentó a su lado, le acariciaba. Seguía intentándolo porque para ella era lo más importante. Cuando se dio cuenta que sus intentos no daban resultado una dolorosa sensación de impotencia la embargó. Sintió su esfuerzo inútil y lo que más podía dolerle en el mundo era no poder ayudarle. Las lágrimas empezaron a caer por su rostro. Incluso le rogaba que le dijese cómo podía hacerle sentir mejor. Durante un largo rato reinaría el desconsuelo de sus llantos, pero la razón que lo provocó sería algo que permanecería en el tiempo a pesar de la sequía de sus lágrimas y el silencio de sus llantos.




PD: Bueno, a ver qué tal. Con el segundo soy pesimista, igual lo modifico porque no está del todo como me hubiera gustado. Pero bueno, a esperar...

viernes, 22 de julio de 2011

Hace unos años también fui guionista de House...

Penitontos.
- Nuevo paciente, presenta una deformación craneal.
- Perfecto, a ver si acabamos pronto y no nos joden las vacaciones.
- ¿Vacaciones?
- Hay que joderse.
- No estoy entendiendo nada.
- Por el amor de dios, me han cambiado a mis empleados por empleados del mes, ¡qué asco!
- Mañana empieza la Semana Santa.
- Caray, alguien inteligente en el equipo.
- ¿La semana que…? ¿Aquí se celebra eso?
- ¿Y a ti que coño te importa eso? Es una excusa para escaquearse, hombre.
- Volvamos al caso.
- Será lo mejor.
- Menos mal, parece que vuelven mis chicos.
- Lo primero será ver que nos dice el síntoma.
- El síntoma nos dice que sois idiotas porque el síntoma no es síntoma es diagnóstico. ¿Le pasa algo más al paciente?
- Pues no, la verdad.
- Bien, ¿de que tipo de deformidad estamos hablando?
- ¿Has visto la película de los Caraconos?
- Mierda, ¿dónde está el paciente?
- En esta misma planta.
(Al rato)
- Joder, un puto penitente, era un penitente, me largo de este jodido hospital. Hasta la semana que viene.

Bus Stop.
- ¿Qué tal la semana, House?
- ¿Qué coño te importa?
- Es una incoherencia contestar a una pregunta con otra pregunta.
- No, lo incoherente es que alguien como tú sepa como formular una. Aunque el resultado sea peor que pésimo.
- Bueno, no creo que sea para tanto. Sólo era una pregunta.
- Sí, ya. Lo de nuestro antiguo presidente también fue una pregunta y mira, miles de iraquíes muertos.
- Por lo que veo tu semana como todas.
- No saques conclusiones premeditadas, pero a grandes rasgos más de lo mismo. Me curé el dolor de la pierna con metadona y dejé el tratamiento porque me estaba volviendo buena persona.
- Aha, bueno parece que va a refrescar el fin de semana, ¿no?
- Gilipollas.
- Aquí me bajo.
- Gilipollas.

Mystery.
- Todo se acaba, amigo.
- Lo peor es que no acabe definitivamente.
- No digas estupideces, House.
- Ya, claro. ¿Qué esperas que diga a estas horas de la noche y con alguna que otra copa de más?
- Amigo mío, es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado.
- Como no, dejémonos imbuir por la sabiduría del señor Tennyson. Cada día que pasa, te vuelves más idiota.
- Bueno, tenía que intentarlo…
- Por supuesto, no te cortes. El mundo está lleno de intentos fallidos y de buenos propósitos. Pero eso no quiere decir que las cosas mejoren.
- Tampoco las hacen empeorar, ¿no?
- ¡Qué gran consuelo! No valen ni para bien, ni para mal. Por lo tanto, no valen para nada. Es algo que podrías haberte ahorrado.
- Intuyo que mi compañía te es indiferente.
- Valdrías como adivino, Wilson.
- Bueno, espero que no acabes autodestruyéndote.
- No te preocupes, mis pastillas y yo no te daremos esa satisfacción, al menos a corto plazo.
- Eres imposible, House.
- Ya, y tú molesto…



PD: Sigo rescatando cosillas. Y además de eso, quería dejar constancia (con los links) de que no sólo encarna al doctor más neurótico de la tele. A ver qué tal...