lunes, 28 de febrero de 2011

Tú.

¿Manzanas?
La sensación era la de la salida de las clases a última hora de mañana en la facultad. La realidad era muy distinta, todo el grupo junto, pero en un lugar indeterminado. Parecía la entrada de un centro comercial. Entraron en un supermercado. Anduvieron un poco y tomaron como punto de encuentro la sección de congelados. Tenía un trabajo que hacer, pero los acontecimientos eran extraños e ilógicos. La persona con la que debía encontrarse al día siguiente no era su pareja en aquel trabajo. Tampoco entendía porque estaban con él una gran parte de la clase. Todo era confuso, pero no le dio mucha importancia. Entonces el tiempo se detuvo, aunque no sabía con certeza lo que estaba ocurriendo. Sentía como transcurría el tiempo pero lo único que veía era oscuridad. Así pasó un buen rato y de repente apareció por los pasillos del centro comercial. Era el día siguiente, aunque no sabía cómo llego a ese momento. Un compañero de clase se unió a él, no pintaba nada allí y aunque lo pensaba no le estaba dando importancia. De repente el entorno se transformó, enviándoles al interior del supermercado. Esperaban en un sitio equivocado pero él se dio cuenta del error al encontrarla con la mirada. Se saludaron y fueron a comprar manzanas. Iban a hacer una tarta. Del trabajo no supo nada, dejó que surgieran los acontecimientos esperando que al levantarse al día siguiente pudiese comprenderlo.

Premeditación y alevosía.
Era una especie de sótano. Estaban reunidos una pandilla de amigos, de pie, hablando. De repente surge una provocación. El ambiente se enciende y como resultado de una furiosa ira incontrolable, uno de ellos cogió al provocador por el cuello. Apretaba con fuerza mientras el agredido intentaba zafarse. Con una fuerza sobrehumana mientras lo sostenía por el cuello le tiró al suelo. El agredido lanzó una réplica que fue contestada con una patada en la cara. Le dejó inconsciente en el suelo sangrando. El resto del grupo estaba preocupado, pararon al agresor que quería seguir ensañándose, creyendo que estaba muerto. El agresor se soltó, fue hasta su víctima y le metió los dedos en la garganta, hasta provocar la tos del agredido, mostrando que seguía con vida. Sin darse cuenta se tele-transportaron a un piso, aunque la escena era la misma, sólo cambio el lugar. La única muchacha que estaba en el grupo expresaba su disconformidad ante los hechos acontecidos. El agresor le tiró un pato de comida a la cara. Los demás estaban presentes pero no eran capaces de hacer nada, eran como estatuas expectantes. El agredido se volvió a incorporar y seguía en su provocación. Le empujó y lo cubrió con un inmenso plato de comida. El agresor no tenía la intención de cometer esas acciones, ni las había pensado. Su cuerpo actuó automáticamente ante su atónita consciencia.

La otra cara de la moneda.
Se duchó y salió temprano de casa por culpa de su maniática puntualidad personal. No estaba muy convencido de lo que estaba haciendo pero decidió darse una oportunidad. Encendió el iPod para relajarse con algo de música. De nada sirvió porque lo único que hizo en el recorrido al punto de encuentro fue obsesionarse con su futuro comportamiento. “Sé tú mismo”, se repetía una y otra vez en un pésimo intento por auto-convencerse. Al aproximarse al lugar sintió como se iba formando un nudo en su garganta, prediciendo el fracaso. Miró hacia el lugar pero no había nadie. Decidió dar un rodeo para hacer tiempo. Finalmente llegó al lugar y no había llegado aún. “Mejor”, pensaba. Así tendría tiempo para ordenar sus pensamientos y apartar los nervios. Miraba al suelo en un intento de meter la cabeza dentro, de la misma forma que un avestruz. Y justo cuando alzó la miraba la encontró, pero aún no lo sabía. A los pocos segundos se delató. Él entró en un estúpido shock. Primero indecisión ante el próximo destino. No le gustaba decidir, todo le parecía siempre bien, porque para él lo importante era el hecho en sí, no la manera en que se diese. Tanto le daba allí o Pekín, si se hacía lo propuesto. Viendo que se encontraba en punto muerto decidió rápidamente sin demasiado entusiasmo. Caminaban instalados en un incómodo silencio. “Buen momento para que me arrollara un tranvía”, pensaba mientras intentaba escribir algo en el folio en blanco en el que se había transformado su cerebro. Después de un leve intercambio de palabras y de algún que otro encogimiento de hombros de él al no encontrar las palabras de sus respuestas, después de aquello, se dio cuenta de que aún llevaba puesto los auriculares de su reproductor de música. “Joder, si seré imbécil”, pensaba mientras se excusaba por su idiotez. Miraba para todos lados, deseaba que se le tragara la tierra o pedir un tiempo muerto para poder soltar la losa de una pesada tensión que no le dejaba actuar con naturalidad. Aún no se creía lo que estaba haciendo, estaba como un sueño porque satisfizo su curiosidad, conociéndola, mitad pesadilla, porque era incapaz de controlarse. Se sentaron después de un rato y pareció ser un detonante porque al poco rato empezó a llegar gente que ocupaba las pocas mesas que tenía el local. Mil cosas que quería decirle, millones de preguntas, alguna que otra confesión. No acertaba a plantear ninguna. Les trajeron el café que pidieron. Él no le hizo mucho caso, prefería escucharla ya que al hacerlo encontraba la comodidad que necesitaba. Poco a poco las palabras iban fluyendo aunque torpes. Divagaba porque realmente nunca había sido capaz de centrarse en algo sino que dispersaba sus pensamientos y mucho más cuando estaba nervioso. Tanto era así que cuando decidió tomarse el café tenía que coger la taza con ambas manos para que ella no se diera cuenta de que temblaba de puro nervio. “Si seré imbécil”, seguía pensando, aunque más levemente porque encontró refugio entre las palabras de ella. Empezaba a hacer frío y él sugirió abandonar el lugar para no se enfriaran. Por fin un acierto. Pagó ella bajo si inconformidad no manifestada, después de tantos errores no iba a incurrir en el desencadenamiento de una posible discusión, así que cedió. En el camino de vuelta estaba ya más tranquilo, pero con demasiados pensamientos en el tintero por decir y aún así mudos. Ya no sentía la necesidad de que le atropellara ningún tranvía. Un encuentro del pasado generaba entonces el paréntesis “¿ahora?”, pensaba irónicamente, maldiciendo su infortunio merecido. Dejó de andar para ponerse a levitar, saltando con cada uno de sus comentarios. No se dio cuenta de que avanzaba en el camino y de repente ella se detuvo. Tras unas breves palabras se despidieron. “Gracias por dejarme conocerte”, pensaba sin acertar a soltarlo. Cabizbajo continuaba el camino a casa, ahora en solitario. “Si seré imbécil” pensaba ahora en voz alta dentro de su cabeza. Pero lo ocurrido fue su triste realidad. Porque él no era príncipe de cuento, ni mago sin chistera, ni caballero sin armadura. No era nada de eso. Y volvía maldiciéndose a cada paso que daba. Torturándose por su incompetencia sin remedio. Dando muestra de su verdadera cara. “¿No querías ser tú mismo?” decía con sarcasmo. “Pues ahora no te quejes”, se contestaba. En general, nefasto. “Si es que no se te puede dejar salir de casa, muchacho”.




PD: Pues nada...

martes, 22 de febrero de 2011

Juramento de Marfil.

The Economist.
En las Nuevas Enseñanzas se trata a la Economía como una ciencia donde la codicia se considera como hipótesis verdadera. El único propósito del hombre ha de ser la consecución de su necesidad ilimitada. Saciar el infinito de las posibilidades materiales que desea poseer. Y que por culpa de la condición finita de nuestro mundo ese propósito es inviable. Se niegan nuestros anhelos debido a la escasez. Esto provoca insatisfacción, chispa de la mecha de la ira. Ira que se descarga contra la propia sociedad, generando un clima de rechazo, miedo y desconfianza. Miradas con recelo, temor al desconocido. Propaganda que muestran una vida llena de éxito, ésa puede ser nuestra vida. Esa esperanza hacer perseverar y facilita que no se derrumben nuestras expectativas. Envidiamos el éxito y esperamos que éste caiga del cielo, como a algunos otros sin oficio pero con beneficio. Es el estímulo anestésico e hipócrita que atrae los traseros hacia los sofás de los que no pueden despegarse. La ciencia social que da respuesta a todas las preguntas de un colectivo. Ciencia perversa y oscura que se cimenta sobre hipótesis subjetivas que llevan a una realidad falsa. Invención humana que desencadena un orden caótico en el que prescindimos del individuo para tratar con el colectivo, que más interese. Conclusiones precipitadas por un principio erróneo. La necesidad es el arma del mercado del beneficio dominado por los despreocupados. Las respuestas al idealismo van a parar a un segundo plano al jugar con la necesidad de una prioridad. Tapando las preguntas que no interesan no queda más que la esclavitud que consentimos sin reprochar. Conformistas en el fondo del inconformismo.

Kilómetros por hora.
Estaba hambriento de los besos que nunca llegaron. La sequía de los pensamientos no ayudaba a su autoestima. Las palabras permanecían encarceladas en la prisión de su mente. Una vez tocó una idea con las manos, la abrazó y se disipó en un instante. Motivos desordenados en piezas de un puzle sin montar. Intentaba oír los cantos de sirena que días atrás traían la melodía de sus sentimientos. Buscando los papeles de su cordura en un cajón vacío. Reuniendo las huellas de una verdad esquiva, siguiendo las pistas que llevaban a la felicidad. Paseaba por la calle del pasado, donde cada paso se cargaba de pesadumbre y tristeza. Se sentaba a beber jarras de lágrimas. Los gritos sordos resonaban en su cabeza fuertemente. Aturdido llegaba a una realidad distorsionada. Con cada caída se rompía una barrera de cristal y así cientos o miles que se derretían en los párpados encharcando sus ojos. Volviendo así a navegar de nuevo por aguas conocidas. La soledad del infortunio le fue negada y por eso prescindía de la curiosidad por el conocimiento futuro. Durmiendo los sueños en los despertares de su alma. Malditos los ecos de los consejos repetidos de su fracaso flamante. Una burda variante del sello invisible de una carta inexistente. Patrañas pretenciosas de un juicio de valor, sentencia por la que vuelve a la condena de sus culpas eternas. Sentado delante de la pantalla del ordenador.

Sentencia de libertad.
Estaba siendo arrastrado por pasadizos lúgubres, malolientes y estrechos. El olor a hierro oxidado y carne pútrida atestaba el ambiente. Con la cabeza tapada y las rodillas doloridas y sangrantes debido al constante rozamiento con el suelo. Pies y manos encadenadas fuertemente, tanto que no sentía dichas extremidades. Los guardas que le arrastraban mantenían una conversación trivial y aleatoria que no acertaba a identificar. De repente sentía un calor reconfortante. Una muchedumbre desconocida gritaba expectante. El aroma fresco de la mañana le recordaba la libertad. De un empujón le tiraron hacia una escalinata de madera donde otro individuo le agarró poniéndole de rodillas. Le estampó la cabeza contra un tocón de madera, reconoció el olor con facilidad. Un monje pronunciaba palabras extrañas mientras un sonido metálico, afilado resonó levemente por sus oídos. Lo próximo que oyó fue un golpe seco. Por fin llegó el día de su libertad.




PD: Ya era hora, sí.

martes, 1 de febrero de 2011

Reuniones de Canelones.

Ordenando sentimientos.
Un día más iba al estante a ordenar sus sentimientos. Se acumulaban desparramados por las baldas. Mezclados unos con otros sin seguir un orden específico. Dificultaba poder encontrarlos cuando quería, así que no quedaba más remedio que hacer limpieza. Cada rato que tenía para sí mismo, procedía con la misma dinámica. Agrupaba los recuerdos en una esquina y los guardaba en el cajón para no perderlos. Después separaba el miedo, la angustia y la frustración. Se quedaba con un poco de cada uno y el resto a la basura. La reflexión la ponía en lo más alto, para alcanzarla cuando tuviera tiempo. La melancolía era un despertador encima del cajón de los recuerdos. Tenía una montaña de dudas que apiló y las puso abajo, casi en el suelo, le recordaban que debía pisar suelo firme. La ilusión eran globos atados al mueble, para salir volando de vez en cuando. Y por último la balda de la felicidad, esa mejor no tocarla, por si acaso…

La historia del Caballo Ero.
La historia del Caballo Ero, fiel compañero de un paladín ilustre. Aprendiz de sus enseñanzas, de su valentía y coraje. Admirador de su tesón y sus valores. Se ayudaban ante los dolores de la soledad. De vagar de aquí a allá. De no fijar destino en una ciudad. Pasaban por pueblos remotos salvando todos sus obstáculos. Contando a lugareños relatos sobre batallas y espectáculos. Conociendo personas por tan sólo un día. Crueles espinas que se clavaban en su monotonía. Nunca se separaban, compartiendo la condena. Ya que era dos caras de la misma moneda. El Caballo Ero tomaba el siguiente camino. Siempre con el mismo destino.

La botella.
Encerró en una botella un sueño y la arrojó al mar. La botella mecida por las olas se internó en la inmensidad. Cuando se alejó lo suficiente como para entrar en una zona calmada, la botella se hundió en el agua. Ganaba profundidad hasta que topó con el fondo. La botella, sin romperse por la presión, quedó enterrada en la arena. Quedaba patente que si había algo más fuerte que una idea, ésos eran los sueños. Seguía adentrándose inexorablemente hasta el núcleo, haciendo imposible que su pensamiento pudiera rescatarla. Pero una vez llegado al núcleo la botella estallaría, dando lugar a un cataclismo en su intelecto que recuperaría con incalculable fuerza el sueño perdido.




PD: Empecemos el mes.

jueves, 27 de enero de 2011

Claustro Furioso.

Su caligrafía.
La habitación era un caos. La situación sugería hacer limpieza para volver a restaurar el orden perdido. Perdiéndose entre papeles encontró un vestigio del pasado. Un antiguo trabajo de instituto, escrito a mano, cuando los ordenadores no daban todas las respuestas. Reconoció su letra sin apenas esfuerzo, pero al pasar las páginas es cuando descubrió el tesoro entre aquellas ruinas. La letra de ella. La redondez de su caligrafía, le volvió devoto. La marca de los trazos de su delicada mano dando forma a cada palabra. La conversación que duró un instante interminable para debatir sobre cómo afrontarlo. Sus facciones, sus gestos, sus ademanes, su expresión. Le gustaba su letra y era feliz sabiendo que poseía por lo menos ése recuerdo material de su escritura. Pasaba la mano por encima del texto, abriendo un portal hacia otra realidad. El deslizamiento de los dedos pon encima de la tinta seca le reconfortaba. Para cualquier otra persona no era más que unos folios escritos. Para él, su salvación.

Nos venden.
Nos venden desconfianza, agresividad y miedo.
Nos venden la creencia en los medios, donde si algo no aparece es que no existe.
Nos venden anuncios desesperantes.
Nos venden contenido vacío.
Nos venden una posición en contra de lo diferente con estandartes de normalidad.
Nos venden un futuro que no queremos pero al que no nos importa someternos.
Nos venden mentiras escondidas tras mentiras disfrazadas de mentiras.
Nos venden el deseo de la ignorancia para la felicidad.
Nos venden repulsión a lo que no entendemos.
Nos venden hijos de madres desesperadas.
Nos venden órganos de personas desgraciadas.
Nos venden vacunas de enfermedades inventadas.
Nos venden planes perfectos, pero no para nosotros.
Nos venden violencia a la que somos indiferentes.
Nos venden indiferencia que no rechazamos violentamente.
Nos venden una política alejada del pueblo.
Nos venden una intención de voto.
Nos venden la creencia en un sistema podrido.
Nos venden competitividad en lugar de apoyo.
Nos venden la permisión del hombre y las guerras.
Nos venden fronteras contra lo desconocido.
Nos venden la unidad del pensamiento.
Nos venden alimentos en mal estado y a un precio aleatorio.
Nos venden el sueño de nuestra miseria.
Nos venden balas por euros.
Nos venden posesión y maltrato.
Nos venden incomprensión y malicia.
Nos venden esclavitud legal.
Nos venden un modelo ideal.
Nos venden prohibiciones.
Nos venden maldiciones y brujería.
Nos venden religiones y fe.
Nos venden casas que no podemos pagar.
Nos venden una estabilidad asentada en suelo resbaladizo.
Nos venden la locura como exaltación.
Nos venden con tarjetas de plástico, trozos de papel tintado y pedazos de metal acuñados.
Nos venden cuando sobramos.
Nos venden…
… y nos seguirán vendiendo (como perturbados).

Guerra de película.
En el campo de batalla los guerreros se dejaban la piel. Cubiertos de mugre y sangre, blandían sus espadas intentando salvar la vida. Luchaban por sus familias. Los gritos de dolor se confundían con los de bravura. Cualquier objeto era útil, hasta las piedras servían. Las heridas eran síntoma de fortuna entre tanto cercenado. Después de toda esa violencia, aún nadie había huido. Entre tanto, el soldado de la Segunda Guerra Mundial se preparaba para entrar en combate. “Corten”, dijo el director al ver al infiltrado. Media hora de toma a la basura.




PD: Tres, dos, uno... ¡¡¡BOOM!!!

lunes, 17 de enero de 2011

Crisálidas nerviosas.

En el cruce.
Tenía calor, el calor de sus ideas efervescentes, estallando en su cabeza. Barajando posibilidades quedaron dos que establecían una disyuntiva paradójica. Una vez más llegaba al maldito punto muerto., tomado un camino no hay marcha atrás posible. Se sentó en una piedra en busca de la solución. Pasaron horas y seguía sin encontrar su respuesta. Pasaron días, algunos lluviosos y otros soleados pero permanecía absorto en sus pensamientos, aunque sin suerte. Pasaron semanas hasta que por fin se acercaba alguien más al cruce. Sin dudarlo siguió uno de los caminos. Incrédulo, el protagonista, se levantó de la piedra y gritó:
- ¿Cómo sabe el camino correcto? – preguntó.
- No hay camino correcto, el miedo a una consecuencia inesperada es lo que te paraliza. No es cuestión de acertar o equivocarse, sino de no tener miedo de andar el camino – respondió.
- ¿Quién eres? – continuó.
- Sólo una voz más en tu cabeza.

Sueños catódicos.
Aquel científico loco puso en marcha su terrorífico plan. Había conseguido crear un aparato que emitía una señal con la que podía controlar la voluntad de las personas. En un primer momento, llamó al proyecto “perro pastor”, ya que conseguía hacer de la población un rebaño obediente. Pero la reconducción no era el único efecto, quizá el más complicado era el mantenimiento de un estado permanente de enajenación mental. Mediante todo tipo de engaños y falsas esperanzas, tapaba cualquier duda que pudiera surgir. Formó una realidad casi indestructible en suelo pantanoso. Creo una verdad de esas que se repiten muchas veces, que mecía mediante hipnosis la consciencia. Construyó el espejismo de la felicidad y acabó por llamarlo televisión.

Lágrimas de caramelo...
Considerando las lágrimas como la explosión de un sentimiento en pequeñas gotas cristalinas cuando se rompe el límite, podemos asegurar que establecen un máximo emocional. Cada lágrima encierra un poder colosal de sabores diferenciados según la naturaleza del sentimiento. Si cuidadosamente somos capaces de hacer cristalizar esas lágrimas, obtendremos caramelos. Pero no unos caramelos cualquiera, sino caramelos especiales. Caramelos que contienen en su interior un sentimiento en forma de sabor. Son caramelos extremadamente difíciles de conseguir, tanto como la generación de una fuerza suficiente en los sentimientos para forjar una lágrima. Su poseedor debe regalarlos, ya que quedarse con ellos supone la maldición eterna.




PD: Lo que no sale por televisión, no existe. Así que esto tampoco. Primera entrada del 2011, ya era hora.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Vuelven a casa por Navidad.

Siempre era Navidad. Esa noche mágica en la que los deseos circulaban por el ambiente. Una atmósfera de buenos propósitos estaba iluminada por centenares de bombillas de colores y paneles luminosos con mensajes reparadores. Los copos de nieve permanecían estáticos en el aire mientras la ciudad mantenía un manto blanco permanente. Yendo por una de las calles de esa ciudad, paseaba nuestro protagonista. Caminaba levitando por la acera mientras en la calle no paraban de sonar villancicos entonados por voces infantiles. Rebosante de felicidad extrema se quitaba el sombrero en reverencia al pasar al lado de las doncellas de largos cabellos de fuego. Todos iban a la fiesta aquella noche. Todos en peregrinación se dirigían al castillo para acogerse en su protección, disfrutar de sus riquezas y deleitarse con sus manjares. Con su bastón, la levita y un gran monóculo en el ojo derecho, hizo entrada por el inmenso portalón de la fortaleza. Se adentró en un pasillo inmenso y siguió una alfombra roja custodiada por innumerables armaduras vacías y lienzos borrosos colgados de la pared. El pasillo se abría en un enorme salón de bailes. La música sonaba en la armonía de violines y trompetas. La sala estaba impregnada de olores florales que en última instancia dejaban como anécdota el aroma de la comida aún caliente. En el preciso momento en el que nuestro protagonista puso un pie en el salón, todo el mundo se le quedó mirando en silencio. Se sentía incómodo, era una situación violenta. El rey, que era una enorme marioneta de teatrillo, se giró ya que estaba dándole la espalda y al verle se sorprendió y exclamó al instante.
-¡Guardas, a por él! – mientras le señalaba con sus manos articuladas.
Dos soldados de plomo salieron disparados a por él. En su levitación constante, dio media vuelta, de nuevo hacia el pasillo, y corrió a toda prisa. No entendía lo acontecido en la sala, era la primera vez que le ocurría una desgracia desde que vivía en aquella ciudad. No tenía sentido, no había hecho nada más que continuar siendo partícipe de la felicidad eterna de la Navidad. Corría cada vez más rápido, alejándose de sus perseguidores, pero para su asombro, el gran portalón del palacio estaba siendo cerrado. Aún así parecía que podría escapar de no ser por las palabras de uno de los soldados.
-¿Dónde pretende ir señor Bentley? – dijo con solemnidad.
Como si de una especie de conjuro se tratase, su realidad empezó a transformarse. El tiempo se iba frenando poco a poco, haciéndose más denso hasta llegar a ser una losa demasiado pesada como para poder cumplir con su huida. La gravedad aumentaba su intensidad progresivamente, obligando con su demoledora fuerza a que por primera vez pusiese los pies en el suelo. Pero no quedó ahí, esa fuerza que se agrandaba, hacía cada paso más difícil que el anterior. La enorme presión generada lo puso de rodillas y aún así siguió gateando. Llegó un momento en el que se encontró aplastado contra el suelo, parecía que iba a atravesarlo. Y eso justamente fue lo que sucedió, como si de una barrera invisible se tratara, cruzó su realidad. El tiempo volvió a la normalidad y con él un fuerte dolor de cabeza. La opresión que le estuvo atormentando desapareció, dejando una sensación de aturdimiento. La voz del soldado volvió a sonar, ahora en el cuerpo de un médico.
-¿Se encuentra bien, señor Bentley? – dijo preocupado.
Nuestro protagonista le miró asustado, respondiendo.
-¿No era real? – musitó.
-Veo que por fin lo entiende – replicó el médico.
-¿No soy el espíritu de la Navidad? – dijo lleno de tristeza.
-No, señor Bentley – dijo condescendientemente – es una persona de carne y hueso – sentenció.
-No sé cómo demonios lo han hecho. O qué truco barato de magia han utilizado. Pero exijo que me lleven de vuelta. ¡Llévenme de vuelta! – gritó furioso mientras cargaba violentamente contra sus captores.
-Cinco miligramos de Diazepam, por favor – dijo el doctor – maldita sea, hemos estado muy cerca – finalizó después de administrarle la dosis y dejarle sedado.
Era el día de Nochebuena, el doctor acababa su jornada, frustrado y entristecido, pero volvía a casa con su familia para cenar.
Así acaba la historia de nuestro protagonista y su vuelta a casa por Navidad.



miércoles, 29 de diciembre de 2010

Verborrea vacua y volátil.

Ceguera.
Vivía en una tiniebla de ideas que no podía comprender. Al alejarse con cada paso se adentraba más en la oscuridad. La cabeza le daba vueltas y tanta sombra danzante empezaba a agobiarle. Aturdido y desorientado, intentó buscar una salida. Miró en todas direcciones para darse cuenta de que estaba en un punto muerto. Sin salida. Pero es en los momentos de máxima desesperación cuando la verdad sale de dentro y con un fogonazo de luz blanca, disipa cualquier signo de la tormenta. Fue en ese momento cuando comprendió el motivo de su salvación. Como un espejismo brillante, ella se materializó ante él. Entonces supo, que lo único cierto de su vida era ese sentimiento. Aunque nunca se lo confesara y lo guardara celoso como un tesoro. Necesitaba el amanecer para contemplarla sin descanso y ahora vivía en una noche continua. Necesitaba una proximidad distante y ahora se encontraba a una distancia interminable. Le gustaba refugiarse en el arco iris que formaba su boca al sonreír y ahora el único color que conoce es el gris. Se moría de ganas de darle el beso que nunca llegó, porque se paralizaba de sólo pensarlo. Pasó de una pletórica apoteosis diaria a la caída eterna en el abismo sin fondo. Se perdía en su ser, en aquella realidad pasada, y ahora tenía que conformarse con el producto residual del recuerdo y la imaginación. Ahí se encontraba, delante de la estatua de luz con su forma. Cuando se disponía a tocarla, se desvaneció entre sus manos. Cayó al suelo abrazando la bruma luminosa que se difuminaba. Su alrededor seguía aún iluminado y completamente blanco. Se oía el salpicar de unas gotas sobre el suelo. Pensaba que serían las lágrimas que derramaba y empapaban su rostro. Pero vio horrorizado como el suelo se punteaba de rojo. Se desplomó de costado con agujero en el pecho.

Morfina.
Las duras líneas que iban dando forma a un papel vacío, se sucedían tras palabras de tinta líquida con las que iba derramando su sangre. Cada frase era un flechazo desgarrado directamente desde el alma. Cada materialización de su pensamiento suponía la muerte de millones de conexiones sinápticas en las que residía la ilusión de su esperanza. Con el único pretexto de proferirse un daño letal, continuaba con su delirio infundado pero con precursores de túnicas invisibles. Cada paso llevaba implícito una vuelta de tuerca de la válvula que cerraba la erupción del volcán. Su mirada era un foco de sombras. Su retrato un lienzo en blanco, espejo del vacío existencial de mas palabras ignoradas. Símbolo decadente del temor a sus emociones y del amor a sus miedos. Retorcía los estandartes de las batallas perdidas. Deambulaba por los charcos secos de sus antiguas lágrimas. Angustiado exclamó un grito mudo en blanco y negro. Sus quejas se oían a color y en estéreo. Mil lamentos goteantes por esa herida punzante que reside en la pluma y el papel. Corren torrentes de tinta de pantallas iluminadas por la proyección de una película que se repite hasta la saciedad. Los estómagos hambrientos esperan por la venida de tiempos de bonanza. Mientras tanto se alimentan de los desechos de pretextos caducados. Aún así, la insatisfacción virtual sigue siendo una barrera en contra de la estabilidad terrenal. Excusas que alivian la culpabilidad de un sueño reparador. Huellas de identidad de miles de culpables que siguen en la cárcel sin rejas global controlada por criminales sin escrúpulos. ¿A quién atañe desterrar las lágrimas de tristeza que manchan las almas de los indefensos? Esperando el tiempo en el que tender la mano no fuera una obligación y se convirtiera en un acto cotidiano.

Traspié.
Flotaba por el cielo en una nube de algodón.
Flotaba, dejando abajo la causa de su preocupación.
Dispararon a la nube que estalló como pompa de jabón.
Dispararon a aquello que traía tranquilidad a su corazón.

Caía y decidió pintar un paracaídas en el cielo.
Caía, el paracaídas se rompió, precipitándose contra en suelo (de nuevo).
Y después de un golpe seco, sintió que despertaba de un sueño.
Y después de algunas magulladuras, controlaba un cuerpo sin dueño.

Se levantó y se marchó como si nada.
Se levantó, no sin esfuerzo y falto de ganas.
Se levantó para esperar al día de mañana.

Volvió a la nube de su vida.
Volvió al refugio de la risa.
Volvió al absurdo de su rima.




PD: Piloto automático. Controlador errático. Pudor tácito. Poder estático. Locura pasajera.