domingo, 20 de marzo de 2011

Moho Pasiens

Lúcido y Trémulo.
Lúcido: Dichosos los ojos, amigo.
Trémulo: Ah, hola. ¿Qué tal?
Lúcido: De maravilla, como siempre. ¿Es que no me ves?
Trémulo: Sí, bueno. Pero me gusta preg…
Lúcido: No le des tantas vueltas. ¿Cómo estás?
Trémulo: Pues estoy, que no es…
Lúcido: Claro que sí, estás hecho un fenómeno.
Trémulo: Bueno, tampoco es pa…
Lúcido: Que sí, chaval. Siempre ahí sin preocupaciones, siempre sereno.
Trémulo: Pues la verdad es que tengo bastantes preocupaciones.
Lúcido: Vaya, muchacho. Nadie lo diría.
Trémulo: Ya, bueno. Es que no me gusta ir…
Lúcido: Bah, chorradas. Hay que soltarlo todo para quedarse tranquilo.
Trémulo: Ya, bueno. Pero la gente tiene ya bastantes problemas como para…
Lúcido: Tonterías, amigo. Lo que yo te diga, coges al primero que pase, le usas de pañuelo y después tan contento.
Trémulo: De todas formas dudo que a alguien le interese…
Lúcido: Eso es lo de menos, piltrafa. No pienses en lo que le pueda interesar a los demás, piensa en lo mejor para ti. Consigue todo el beneficio posible.
Trémulo: No me veo capaz. Es mi forma de pensar.
Lúcido: Déjate de pamplinas. Entonces, ¿cuál es tu solución? No hacer nada y quedarte ahí dándole vueltas a mil y una gilipolleces hasta darte cuenta que no tienen solución porque eres un fracaso.
Trémulo: Mm, básicamente.
Lúcido: Crear una bola de tristeza y amargura que arrastres profundamente al fondo para así conseguir ignorarlo. Y castigarte por lo que crees que haces mal. Así no arreglas nada. El problema sigue ahí, encadenado.
Trémulo: Bueno, pero es mi problema. No puedo pretender que nadie más cargue con él.
Lúcido: Claro, lo mejor es la auto-destrucción.
Trémulo: Yo lo llamo afrontar la realidad.
Lúcido: Tú no afrontas una mierda. Eres un cobarde, que busca esconder sus problemas.
Trémulo: Puede ser.
Lúcido: Ponle fin, muchacho.
Trémulo: Me da miedo.
Lúcido: ¿Y qué? ¿Es mejor seguir esperando?
Trémulo: No puedo esperar por algo que no quiero que suceda.
Lúcido: Mientes, tu deseo más grande es que así suceda, pero tu cobardía te impide dar el paso.
Trémulo: Bueno, pero no me pueden obligar.
Lúcido: Pero te gustaría.
Trémulo: …
Lúcido: El que calla, otorga.
Trémulo: Déjame en paz, gilipollas.
Lúcido: Ahora el paso siguiente. Intentar que te deje por imposible y me vaya. Pues me parece que hoy has tenido mala suerte.
Trémulo: No es necesario que hagas esto.
Lúcido: Creo que sí.
Trémulo: No me puedes ayudar.
Lúcido: Si no me dejas intentarlo, está claro que no. Pero aún así no te creas que pretendo compartir tu carga, lo que quiero es que tires parte de ella.
Trémulo: No entiendo para qué haces esto.
Lúcido: Ni que tuviera que haber un motivo. De todas formas, tienes que aprender a ver lo bueno que tienes y no centrarte en tus imaginaciones sobre lo que haces mal. Así podrás potenciar tus cualidades.
Trémulo: Hay veces en las que tus cualidades y todo lo bueno que tienes para ofrecer no es suficiente. No es suficiente porque lo negativo siempre pesa más, es más importante y es capaz de enmascarar todas esas cosas buenas, dejándolas en insignificantes. Entonces para qué esforzarme si no tengo manera de superar los defectos.
Lúcido: Eso es lo que tú crees. Pero esos defectos que consideras tan grandes, seguramente no son tan así.
Trémulo: Para mí son importantes.
Lúcido: Pero puede que para los demás no sea así.
Trémulo: Si yo no los tolero cómo puedo pretender que otro lo haga.
Lúcido: Pues porque otra persona no piensa de la misma manera.
Trémulo: Me da igual.
Lúcido: Claro, la negación es la manera de arreglar las cosas.
Trémulo: Contarte cualquier cosa significa compartir contigo mis miedos y cosas que me hacen daño. No puedo hacerlo, sería vulnerable. No tengo la seguridad de que conociendo eso, no lo uses para hacerme más daño, o que te burles de mis preocupaciones o…
Lúcido: Ni vas a tener esa seguridad nunca. Pero si no lo pones a prueba, nunca lo sabrás.
Trémulo: Me da miedo, prefiero seguir así. Así puedo aparentar ser fuerte.
Lúcido: Pero no lo eres.
Trémulo: Eso es lo de menos.
Lúcido: Como quieras.
Trémulo: Por fin, otra victoria.
Lúcido: ¿Para ti perder es una victoria?
Trémulo: Ya no me acuerdo de qué es ganar.
Lúcido: Pues lo siento mucho, amigo.
Trémulo: Bah, no es para tanto…
Lúcido: Bueno, pues ya nos veremos, muchacho.
Trémulo: Creo que ya va a ser imposible.
Lúcido: Bueno, pero eso a ti no te importa, ¿verdad?
Trémulo: Claro, no me importa. No me importa…

Por la mañana...
Escribía de día, no solía hacerlo, pero la luz daba claridad a sus ideas. La noche le cansaba después del transcurso de las horas desde su despertar. Estaba empeñado en que los días acabaran antes, porque todo era un desastre. Ya no se preguntaba por qué razón todo le salía al revés, dejaba pasar las horas, esperando por la noche que era una excusa para poner el punto final a otro fracaso. Ahora se refugiaba en la claridad, intentando encontrar alguna distracción que le mantuviera la mente ocupada de sus preocupaciones. Necesitaba alejarse de sí mismo, difícil tarea cuando se tiene pegado a todas horas. Miraba al Sol directamente para que su destello borrara todas las imágenes dolorosas del pasado, limpiando así los recuerdos que cubrían su retina. Tapaba sus oídos con música, para ensordecer los gritos desesperados de su cerebro, dejándolos en un mero murmullo, sin importancia. Bajó a desayunar un tazón de cereales que mantenía ocupado su sentido del gusto. Y el olfato se centraba en captar el frescor de aquella mañana. Todo era perfecto, todo estaba tranquilo. Los problemas no existían, se habían evaporado. Poco a poco irían precipitando hasta llegar a la noche, pero ahora mismo eso no importaba. Lo importante era disfrutar de aquel pequeño momento de paz e intentar que durara lo máximo posible.





PD: Pues eso...

jueves, 10 de marzo de 2011

Lo que nunca debía haber escrito.

Barrotes de aire.
La vida le había dejado ejemplos marcados a hierro candente en su memoria y le era imposible ignorarlo. Las constantes equivocaciones generaban un incremento de sus dudas. Nunca había sabido cómo actuar en las distintas situaciones que le presentaba la vida y cuando encontraba la respuesta siempre era tarde. Dejó caer en el olvido las caras que se separaban de él por enormes distancias que no podía manejar, porque pensaba que así el daño sería menor. Qué gran equivocación, cuantas lágrimas derramó y derramaría por haber perdido algo que entonces no quiso saber y que en el fondo era tan importante para él. Sus razones tenía, pero ya no servían de alivio, ni servirían. El volver a empezar se había convertido en algo cotidiano, aunque igual de difícil, siempre le sería difícil. Todo porque pretendía volver a vivir su vida, una ilusión estúpida que se reflejaba en un frío espejo en el que estaba atrapado sin poder controlar nada. Intentaba salir del abismo del que se precipitó conscientemente, pero era tarde y lo sabía. Ya no podría recuperar lo que dejó que perderse. Y se tuvo que acostumbrar a vivir la vida de otra persona, de un personaje creado, de una pueril fantasía, para no sentirse un fracasado. Al que nada le importa, una estatua de piedra sobre la que todo rebota y con el interior roto en mil pedazos, aunque la carcasa siguiera resistiendo. Por eso prefería insultarse para conseguir que nada le hiciera daño. Llegar a ser invulnerable. Con pésimos resultados porque seguía sin poder aguantar que las verdades que él se decía salieran de otra boca. Y por dentro muerto y enterrado, esperando por un momento que le dejara salir apenas unos segundos para disfrutar de libertad. Para poder taparse los ojos inquisidores y dejarse llevar. Para que fuera su corazón el que hablase. Ése mismo que está censurado desde la eternidad. Y no preocuparse por nada porque, realmente, en ese momento no habría nada más importante de lo que preocuparse, salvo a lo que estaría prestando su atención. Pero no era capaz de generar ese momento, él mismo lo impedía. En ese foso, encadenado de pies y manos. No puede soportar la idea de que ocurra y se conforma con leves pinceladas. Y a lo mejor puede salir en una mirada, o en una frase, o en un gesto. Pero se volvía a esconder inmediatamente. Aún así se equivocaba. Y cuando creía que por fin podía ser libre, un cruel “déjà vu” le frenaba, diciéndole que aún no era posible. Esta vez no sería sólo por su culpa, sino porque las causas externas a él le advertían que aún no era el momento. Ademanes que no pasaban desapercibidos y rutinas constantes de las que no tenía constancia pero que con su insistencia se convertían en duros argumentos en su contra. No quería tener que luchar contra todos esos obstáculos y de hecho no podía. Porque ya no era él quien jugaba la partida. Y todavía seguía mintiéndose porque de lo contrario sería su final. Aún le quedaba algo de esperanza. La que hacía que siguiera escuchando para encontrar algo con lo que estar de acuerdo. La que hacía que siguiera mirando para poder encontrar nuevas caras amigas. La que hacía que siguiera hablando para encontrar a alguien que quisiera escucharle. La que, en definitiva, hacía que siguiera soñando con poder encontrar a alguien con el/la que perder su tiempo. Y mientras yo le digo: “Sigue buscando, muchacho”.




Mazinger Z.
Los puntos de vista son millares de caminos que dictan unas pautas de conducta y de pensamiento para cada persona. El problema está en saber diferenciar. Y aquí nos encontramos con el problema del respeto. Hay una serie de pautas innegables recogidas en numerosas ordenanzas, leyes, decretos o declaraciones, que determinan una serie de derechos que no deberían de ser vulnerados. Digo deberían porque la realidad muestra la manera en la que cada día este precepto no se cumple. Y marca, por decirlo de alguna manera, un mínimo social. Esto no debería poder ser discutido y garantizar un nivel de respeto mínimo e innegable. Luego están todas las demás cuestiones o ideas que podamos tener que en ningún caso deberían (vuelvo a repetir) ir en contra de lo anteriormente estipulado. ¿Dónde reside el respeto, entonces, en este siguiente paso? Evidentemente, en la tolerancia. Una palabra que suena de dulce pero que, a la hora de la verdad, se entiende poco o nada. Tolerancia significa aceptar que otro piense algo distinto de lo que yo pienso, que no quiere decir que haya que estar de acuerdo con eso. Y aceptarlo de una manera natural con diálogo y entendimiento, más o menos apasionado según sea el caso, pero sin tener que llegar a la violencia, ya sea verbal o física. Esto que expresado de manera sencilla es tremendamente complicado. Cada uno se deja llevar por sus pasiones sin tener en cuenta que el que está en frente tiene las suyas propias y peleará por ellas de la misma manera. Y esto nos supone un problema, la rivalidad entre las ideas. Y hacemos y nos hacen creer que hay una forma de pensar buena y correcta y otra que no lo es. La que se impone en la sociedad es la buena y correcta. Todo lo demás, pasa a ser negativo, distinto en el sentido más hiriente y vejatorio de la palabra. Es así como nacen los conceptos de normalidad que son niveles preestablecidos a los que debemos aspirar porque es ahí donde reside la perfección. Lo distinto es raro, desconocido, temeroso y totalmente rechazable. Y por si fuera poco, condenable. ¿Dónde está ese respeto y tolerancia del que hablaba para quien es distinto? En muchos casos, no existe, no lo podemos encontrar. Esto da fragilidad a la sociedad que las hace temerosas de lo que no conocen. Sin saber si es bueno o malo. Tienen miedo por desconocimiento y de ese miedo se aprovechan muchos para manipularnos. Esa utilización de nuestros temores, temores muchas veces impuestos como he intentado expresar, para el provecho propio es el peor crimen que se puede cometer porque justamente infringe aquello que hemos dicho que es o debería ser innegable. Pero nuestro desconocimiento, por una parte, y el miedo, por otra, nos hacen que permitamos que hagan con nosotros lo que se les antoje.




El fuego de su vida.
El alma se prende con fuego. Un fuego que la consume. Las cenizas se las lleva un viento con nombre y apellidos que le despoja de esos polvorientos pedazos de su ser. Sus ojos se transforman en devoradores de miradas huidizas que es incapaz de atrapar. Un corazón averiado que ahora se enamoraba de una forma de caminar, que controla la sístole del flujo de su sangre. Que ahora se enamoraba de una forma de hablar que con palabras embrujaba sus sentidos hasta la mudez. Que ahora se enamoraba de una pose estática y etérea que sedimentaba en su memoria. Y en un segundo arrancaba esa llama que se despega de la carne dejando las quemaduras desnudas ante la adversidad del ambiente. El dolor se apodera del protagonismo y la consciencia se oculta para poder desviar la atención. El corazón, ahora, cerrado por obras, enciende el contestador para que dejen los mensajes. Ya los oirá en otra ocasión. Atender las llamadas se le antoja imposible en este momento. Las lágrimas, del destierro de sus ojos, apagaban las heridas aún calientes y le arrastraban a la oscuridad más profunda. Y mezclándose las lágrimas con la piel de su alma, ésta cicatrizaba bajo la tutela del tiempo. Retumbarán en su cabeza los vestigios del pasado, los ecos que le obsequian con el miedo al amor. Voces que se alzan y que claman el conjuro de su parálisis sensorial. Y que transforma en hielo la sangre que una vez corrió por sus venas. Y le despoja de su alma y con ella de su consciencia. Y se convierte en un contenedor vacío que se llena del desperdicio de sus lamentos y quejidos. Ya no prende llama alguna, reniega de cualquier signo de su existencia, pasada o futura. Ya nada importa. Todo es trivial cuando la única razón por la que merece seguir viviendo desaparece sin más. Y aún así, aguanta por otras razones mientras busca la razón que le permita seguir viviendo y que le ayuda a amar la vida, su vida.




PD: Sin comentarios...

martes, 8 de marzo de 2011

La Búsqueda de la Verdad.

La Batalla de las Nubes - Introducción
La ciudad de Leivas al oeste de la región, era un poderoso destacamento militar. Entre ellos dos fuertes grupos, altamente destacados. Los caballeros Viridian, defensores de la ciudad. Entrenados en tácticas para contrarrestar asedios enemigos y alzarse con la victoria en el menor tiempo posible. Por otra parte, nos encontramos con la fuerza ofensiva de la ciudad, la división Burdeos. Mercenarios casi en su totalidad, pero fieles al gobierno de Centra. Asesinos despiadados, esperando por nuevas misiones que traigan consigo retos imposibles. La fuerza de aquel ejército no se quedaba ahí, había infinidad de cuerpos armados distintos. Cada uno especializado en la tarea que le correspondía. Por esa razón, seguramente, los ciudadanos de aquella ciudad no temían la posibilidad de un ataque. Sería un suicidio, de tan sólo intentarlo.
Aquel día la locura circulaba por el aire, lentamente. El general de brigada Clark estaba tranquilo. El plan transcurría a la perfección. La sombra que proyectaba sobre la ciudad, predecía el desenlace de los acontecimientos que se iban a producir. La oscuridad liberaría a aquella ciudad del yugo opresivo enmascarado del gobierno. Ésa era la convicción de Clark, soldado renegado que encabezaba el ejército rebelde del que aún nadie tenía constancia. Pero en breves segundos eso cambiaría.
La paz que reinaba estalló literalmente. Uno de los cuarteles salió disparado por los aires, mezclado con agua. Los soldados atónitos, no podían creer lo que estaba viendo. Sin tener tiempo para analizar la situación, se acercaban a la muralla donde vigilaban, tres proyectiles. Parecían balas de cañón, pero iban demasiado rápido. Con una fuerza inimaginable golpearon la muralla, dejando un destello cegador. Eran esferas cargadas de electricidad, nunca antes habían visto algo igual. Al explotar contra el muro se fraccionaban en pequeños rayos que golpeaban como un látigo a quien acertara. Los bombazos de electricidad y agua eran constantes. Cuando encontraron al causante de aquella debacle, quedaron aún más perplejos.
En su nube, el general de brigada Clark, frotaba sus manos ante el éxito del plan. Al mando de la Nimbulus, una pesada nube de combate, dirigía toda la operación, así como al resto de la flota rebelde.
- Ahora empieza la diversión – sentenciaba Clark.


PD: Pasamos del este al oeste donde se produce otro ataque. ¡Qué extraño! Dos ataques en los extremos de la región en el mismo momento. Otra historia que se complica...

lunes, 7 de marzo de 2011

Culpables.

Capítulo 4: El Motín.

Lawrence: Por fin abrieron esta maldita reja, jasp. Ahora sólo tengo que ir por ese hijo de puta. No voy temblar para meterle un balazo en su maldita cabeza, jasp. Esos aires de superioridad que tiene, jasp. ¿Pero qué ocurre aquí? ¿Por qué está su puerta abierta? Maldita sea, no está, jasp. Te odio, Steven, jasp.
Brian: ¿Quién anda ahí?
Lawrence: Estúpido, Robert. Me prometió que cortaría las rondas, jasp. Así que me traicionó…
Brian: Arriba las manos ¿Qué haces aquí, Larry?
Lawrence: (Eso mismo me pregunto yo, jasp). Deja de apuntarme y tira el arma, Brian. A no ser que quieras teñir con tus sesos parte del tabique y el pavimento, jasp.
Brian: No me asustan tus amenazas, Larry. Pronto vendrán a soc…
Lawrence: Buen golpe, compañero, jasp.
Thomas: No me des las gracias, si fuera por ti, hubiera dejado que os agujerearais el pecho a balazos. Pero tenía cuentas pendientes con éste.
Lawrence: ¿Y quién no? Los policías de aquí apestan, jasp. Por eso lo más sensato es que te unas a mí, conseguiré culminar la venganza, jasp.
Thomas: ¿Por qué iba a dejar que fueras el líder?
Lawrence: Porque tengo una pistola, jasp.
Thomas: Mira qué casualidad, acabo de encontrar otra, por cortesía de nuestro amiguito. Ambos tenemos lo mismo, igualdad de condiciones, igualdad de opiniones.
Lawrence: Te equivocas, tenías una pistola, jasp. La diferencia reside en que yo ahora mismo te apunto, mientras tú indefenso y agachado, sostienes una pistola, jasp. Un poco inútil la verdad. Así que deja de creerte más listo y dame el arma, maldito estúpido, jasp. Si no quieres verte en la misma situación del policía, jasp.
Thomas: Serás cabrón, Larry. Por ahora te seguiré el juego, pero vigila tu espalda, loco de los cojones.
Lawrence: No te preocupes, si veo que algo anda mal, la primera bala será tu regalo, jasp.
Sam: Qué extraño. Todas las rejas se han abierto de repente. Algo está pasando y me temo que va a acabar muy mal.
Julius: ¿Qué hacemos, Sam?
Sam: Por ahora, esperar. Y no armar mucho jaleo, muchacho. Al menos hasta que la situación se aclare un poco.
Steven: (Por megafonía) Sí, probando. Uno, dos, probando. Siempre quise hacer esta gilipollez. Buenas tardes a todos, capullos y mendrugos. Empieza el show de Steve.
Willy: Maldito cabrón. Lo consiguió, escapó de máxima seguridad. Lo sabía, a ver que nos espera.
Steven: No quería caer en la provocación, pero ya no podía más. Esto es un mensaje para el excelentísimo señor alcaide. ¿Máxima seguridad? Me meo en tu máxima seguridad, gilipollas. Y por culpa de eso has cavado tu propia tumba. Las puertas de todas las celdas están abiertas. Estrenamos el show, empieza la revolución, comienza el motín. Y hay una única condición para que acabe, su cabeza, excelentísimo señor alcaide. Espero que tome una decisión rápido o las cosas estarán muy complicadas por aquí. Bueno, hasta aquí el mensaje de Steve. Que pasen un feliz motín y gracias, payasos.
Sam: Menudo idiota. Como de costumbre no puede ser más discreto.
Julius: Ahora que ya sabemos lo que ocurre, ¿qué haremos, Sam?
Sam: Haz lo que te dicte la cabeza, muchacho. Pero antes de eso esperemos a reunirnos con Steven.
Willy: Conozco a Steve, compañeros. Debe de haber alguna otra razón para todo esto, no quiero decir que la cabeza del alcaide no sea importante para él. Pero hay algo que oculta.
Sam: Eso espero, que haya alguna razón importante para esta estupidez infantil.
Julius: Yo prefiero que permanezcamos juntos, con tanto revuelo no se sabe qué puede pasar.
Willy: No te preocupes, muchacho. No dejaré que os ocurra nada.
Steven: Hola, amigos. ¿Os gustó el programa?
Ray: Por fin te encuentro. Esto es el caos.
Lawrence: Ese maldito de Steve, una vez más se ha reído de todos. Pero esta será la última, jasp.
Ray: Recuerda nuestro pacto.
Lawrence: No te preocupes muchacho, jasp. Para llegar hasta Steven, tendremos que encargarnos del gigantón, jasp.
Ray: Perfecto, le enseñaré a ese montón de carne que se metió con la persona equivocada. Por cierto, ¿quién es ése?
Lawrence: Es el alfil que nos abrirá el camino en esta partida, jasp.
Thomas: Por favor, si no había suficiente con el disminuido mental ahora se nos une un lactante. Esto mejora por momentos.
Ray: Espero que haya una buena razón para que no le corte el cuello a este gilipollas.
Lawrence: No te preocupes, Ray. Un buen jugador sabe cuando sacrificar una pieza, jasp.

PD: Esta historia genera más preguntas que respuestas. Para leerlo todo con darle a la pestaña de "Culpables", arreglado. Qué cómodo, jajaja.
Y lo último pero no menos importante, tal día como hoy comenzó esta pequeña aventura. Felicidades blog ^.^

sábado, 5 de marzo de 2011

23 años

Dentro de poco harán 16 años que estoy junto a ti. Pero tu hoy cumples 23 añitos. Como pasa el tiempo, ¿verdad? Parecía ayer, cuando tu tenias 13 años y yo 7 y nos peleábamos en la cama de nuestros padres, o un par de años después, cuando tu te habías comprado tu primer disco de los Red hot y me lo pusiste para que yo lo escuchara. Allí estábamos nosotros dos en tu habitación, con los cascos puestos, con una sonrisa en nuestra cara. Pero de eso ya han pasado muchos años.

Eres el mejor hermano que cualquier persona pudiera tener. Es muy difícil poder describirte, porque eres único. Tienes tantas virtudes, aunque también tengas defectos, que son pocos, pero te hacen ser quien eres. Para mi, eres más que cualquier mejor amigo, eres una de las personas mas importantes de mi vida, la que me guía, se enfada conmigo, me sonríe, la que pocas veces me abraza pero cuando lo hace, es el mejor abrazo que te pueden dar.
Tienes un corazón que no te cabe en el pecho, y en este blog, se que si miras muy adentro de lo que escribes cualquiera puede verlo.
Creo que soy la persona que mas orgullosa esta de tener a alguien como tu a su lado, soy muy afortunada y no se como algunas veces no me doy cuenta de ello.
Bueno tampoco quiero explayarme mucho así que….
Feliz cumpleaños. Te quiero.



PD:Bueno, esto es como una parte de mi regalo, y creo que era una muy buena idea hacer una entrada en nuestro blog y espero que te guste.
Para todos los lectores del blog, se que esto no es muy normal, pero también es para vosotros.
The dog days aren’t over…

lunes, 28 de febrero de 2011

Tú.

¿Manzanas?
La sensación era la de la salida de las clases a última hora de mañana en la facultad. La realidad era muy distinta, todo el grupo junto, pero en un lugar indeterminado. Parecía la entrada de un centro comercial. Entraron en un supermercado. Anduvieron un poco y tomaron como punto de encuentro la sección de congelados. Tenía un trabajo que hacer, pero los acontecimientos eran extraños e ilógicos. La persona con la que debía encontrarse al día siguiente no era su pareja en aquel trabajo. Tampoco entendía porque estaban con él una gran parte de la clase. Todo era confuso, pero no le dio mucha importancia. Entonces el tiempo se detuvo, aunque no sabía con certeza lo que estaba ocurriendo. Sentía como transcurría el tiempo pero lo único que veía era oscuridad. Así pasó un buen rato y de repente apareció por los pasillos del centro comercial. Era el día siguiente, aunque no sabía cómo llego a ese momento. Un compañero de clase se unió a él, no pintaba nada allí y aunque lo pensaba no le estaba dando importancia. De repente el entorno se transformó, enviándoles al interior del supermercado. Esperaban en un sitio equivocado pero él se dio cuenta del error al encontrarla con la mirada. Se saludaron y fueron a comprar manzanas. Iban a hacer una tarta. Del trabajo no supo nada, dejó que surgieran los acontecimientos esperando que al levantarse al día siguiente pudiese comprenderlo.

Premeditación y alevosía.
Era una especie de sótano. Estaban reunidos una pandilla de amigos, de pie, hablando. De repente surge una provocación. El ambiente se enciende y como resultado de una furiosa ira incontrolable, uno de ellos cogió al provocador por el cuello. Apretaba con fuerza mientras el agredido intentaba zafarse. Con una fuerza sobrehumana mientras lo sostenía por el cuello le tiró al suelo. El agredido lanzó una réplica que fue contestada con una patada en la cara. Le dejó inconsciente en el suelo sangrando. El resto del grupo estaba preocupado, pararon al agresor que quería seguir ensañándose, creyendo que estaba muerto. El agresor se soltó, fue hasta su víctima y le metió los dedos en la garganta, hasta provocar la tos del agredido, mostrando que seguía con vida. Sin darse cuenta se tele-transportaron a un piso, aunque la escena era la misma, sólo cambio el lugar. La única muchacha que estaba en el grupo expresaba su disconformidad ante los hechos acontecidos. El agresor le tiró un pato de comida a la cara. Los demás estaban presentes pero no eran capaces de hacer nada, eran como estatuas expectantes. El agredido se volvió a incorporar y seguía en su provocación. Le empujó y lo cubrió con un inmenso plato de comida. El agresor no tenía la intención de cometer esas acciones, ni las había pensado. Su cuerpo actuó automáticamente ante su atónita consciencia.

La otra cara de la moneda.
Se duchó y salió temprano de casa por culpa de su maniática puntualidad personal. No estaba muy convencido de lo que estaba haciendo pero decidió darse una oportunidad. Encendió el iPod para relajarse con algo de música. De nada sirvió porque lo único que hizo en el recorrido al punto de encuentro fue obsesionarse con su futuro comportamiento. “Sé tú mismo”, se repetía una y otra vez en un pésimo intento por auto-convencerse. Al aproximarse al lugar sintió como se iba formando un nudo en su garganta, prediciendo el fracaso. Miró hacia el lugar pero no había nadie. Decidió dar un rodeo para hacer tiempo. Finalmente llegó al lugar y no había llegado aún. “Mejor”, pensaba. Así tendría tiempo para ordenar sus pensamientos y apartar los nervios. Miraba al suelo en un intento de meter la cabeza dentro, de la misma forma que un avestruz. Y justo cuando alzó la miraba la encontró, pero aún no lo sabía. A los pocos segundos se delató. Él entró en un estúpido shock. Primero indecisión ante el próximo destino. No le gustaba decidir, todo le parecía siempre bien, porque para él lo importante era el hecho en sí, no la manera en que se diese. Tanto le daba allí o Pekín, si se hacía lo propuesto. Viendo que se encontraba en punto muerto decidió rápidamente sin demasiado entusiasmo. Caminaban instalados en un incómodo silencio. “Buen momento para que me arrollara un tranvía”, pensaba mientras intentaba escribir algo en el folio en blanco en el que se había transformado su cerebro. Después de un leve intercambio de palabras y de algún que otro encogimiento de hombros de él al no encontrar las palabras de sus respuestas, después de aquello, se dio cuenta de que aún llevaba puesto los auriculares de su reproductor de música. “Joder, si seré imbécil”, pensaba mientras se excusaba por su idiotez. Miraba para todos lados, deseaba que se le tragara la tierra o pedir un tiempo muerto para poder soltar la losa de una pesada tensión que no le dejaba actuar con naturalidad. Aún no se creía lo que estaba haciendo, estaba como un sueño porque satisfizo su curiosidad, conociéndola, mitad pesadilla, porque era incapaz de controlarse. Se sentaron después de un rato y pareció ser un detonante porque al poco rato empezó a llegar gente que ocupaba las pocas mesas que tenía el local. Mil cosas que quería decirle, millones de preguntas, alguna que otra confesión. No acertaba a plantear ninguna. Les trajeron el café que pidieron. Él no le hizo mucho caso, prefería escucharla ya que al hacerlo encontraba la comodidad que necesitaba. Poco a poco las palabras iban fluyendo aunque torpes. Divagaba porque realmente nunca había sido capaz de centrarse en algo sino que dispersaba sus pensamientos y mucho más cuando estaba nervioso. Tanto era así que cuando decidió tomarse el café tenía que coger la taza con ambas manos para que ella no se diera cuenta de que temblaba de puro nervio. “Si seré imbécil”, seguía pensando, aunque más levemente porque encontró refugio entre las palabras de ella. Empezaba a hacer frío y él sugirió abandonar el lugar para no se enfriaran. Por fin un acierto. Pagó ella bajo si inconformidad no manifestada, después de tantos errores no iba a incurrir en el desencadenamiento de una posible discusión, así que cedió. En el camino de vuelta estaba ya más tranquilo, pero con demasiados pensamientos en el tintero por decir y aún así mudos. Ya no sentía la necesidad de que le atropellara ningún tranvía. Un encuentro del pasado generaba entonces el paréntesis “¿ahora?”, pensaba irónicamente, maldiciendo su infortunio merecido. Dejó de andar para ponerse a levitar, saltando con cada uno de sus comentarios. No se dio cuenta de que avanzaba en el camino y de repente ella se detuvo. Tras unas breves palabras se despidieron. “Gracias por dejarme conocerte”, pensaba sin acertar a soltarlo. Cabizbajo continuaba el camino a casa, ahora en solitario. “Si seré imbécil” pensaba ahora en voz alta dentro de su cabeza. Pero lo ocurrido fue su triste realidad. Porque él no era príncipe de cuento, ni mago sin chistera, ni caballero sin armadura. No era nada de eso. Y volvía maldiciéndose a cada paso que daba. Torturándose por su incompetencia sin remedio. Dando muestra de su verdadera cara. “¿No querías ser tú mismo?” decía con sarcasmo. “Pues ahora no te quejes”, se contestaba. En general, nefasto. “Si es que no se te puede dejar salir de casa, muchacho”.




PD: Pues nada...

martes, 22 de febrero de 2011

Juramento de Marfil.

The Economist.
En las Nuevas Enseñanzas se trata a la Economía como una ciencia donde la codicia se considera como hipótesis verdadera. El único propósito del hombre ha de ser la consecución de su necesidad ilimitada. Saciar el infinito de las posibilidades materiales que desea poseer. Y que por culpa de la condición finita de nuestro mundo ese propósito es inviable. Se niegan nuestros anhelos debido a la escasez. Esto provoca insatisfacción, chispa de la mecha de la ira. Ira que se descarga contra la propia sociedad, generando un clima de rechazo, miedo y desconfianza. Miradas con recelo, temor al desconocido. Propaganda que muestran una vida llena de éxito, ésa puede ser nuestra vida. Esa esperanza hacer perseverar y facilita que no se derrumben nuestras expectativas. Envidiamos el éxito y esperamos que éste caiga del cielo, como a algunos otros sin oficio pero con beneficio. Es el estímulo anestésico e hipócrita que atrae los traseros hacia los sofás de los que no pueden despegarse. La ciencia social que da respuesta a todas las preguntas de un colectivo. Ciencia perversa y oscura que se cimenta sobre hipótesis subjetivas que llevan a una realidad falsa. Invención humana que desencadena un orden caótico en el que prescindimos del individuo para tratar con el colectivo, que más interese. Conclusiones precipitadas por un principio erróneo. La necesidad es el arma del mercado del beneficio dominado por los despreocupados. Las respuestas al idealismo van a parar a un segundo plano al jugar con la necesidad de una prioridad. Tapando las preguntas que no interesan no queda más que la esclavitud que consentimos sin reprochar. Conformistas en el fondo del inconformismo.

Kilómetros por hora.
Estaba hambriento de los besos que nunca llegaron. La sequía de los pensamientos no ayudaba a su autoestima. Las palabras permanecían encarceladas en la prisión de su mente. Una vez tocó una idea con las manos, la abrazó y se disipó en un instante. Motivos desordenados en piezas de un puzle sin montar. Intentaba oír los cantos de sirena que días atrás traían la melodía de sus sentimientos. Buscando los papeles de su cordura en un cajón vacío. Reuniendo las huellas de una verdad esquiva, siguiendo las pistas que llevaban a la felicidad. Paseaba por la calle del pasado, donde cada paso se cargaba de pesadumbre y tristeza. Se sentaba a beber jarras de lágrimas. Los gritos sordos resonaban en su cabeza fuertemente. Aturdido llegaba a una realidad distorsionada. Con cada caída se rompía una barrera de cristal y así cientos o miles que se derretían en los párpados encharcando sus ojos. Volviendo así a navegar de nuevo por aguas conocidas. La soledad del infortunio le fue negada y por eso prescindía de la curiosidad por el conocimiento futuro. Durmiendo los sueños en los despertares de su alma. Malditos los ecos de los consejos repetidos de su fracaso flamante. Una burda variante del sello invisible de una carta inexistente. Patrañas pretenciosas de un juicio de valor, sentencia por la que vuelve a la condena de sus culpas eternas. Sentado delante de la pantalla del ordenador.

Sentencia de libertad.
Estaba siendo arrastrado por pasadizos lúgubres, malolientes y estrechos. El olor a hierro oxidado y carne pútrida atestaba el ambiente. Con la cabeza tapada y las rodillas doloridas y sangrantes debido al constante rozamiento con el suelo. Pies y manos encadenadas fuertemente, tanto que no sentía dichas extremidades. Los guardas que le arrastraban mantenían una conversación trivial y aleatoria que no acertaba a identificar. De repente sentía un calor reconfortante. Una muchedumbre desconocida gritaba expectante. El aroma fresco de la mañana le recordaba la libertad. De un empujón le tiraron hacia una escalinata de madera donde otro individuo le agarró poniéndole de rodillas. Le estampó la cabeza contra un tocón de madera, reconoció el olor con facilidad. Un monje pronunciaba palabras extrañas mientras un sonido metálico, afilado resonó levemente por sus oídos. Lo próximo que oyó fue un golpe seco. Por fin llegó el día de su libertad.




PD: Ya era hora, sí.