sábado, 29 de octubre de 2011

Galaxias Dúctiles.

Sueño entre luces y sombras.
Se quedó dormido una noche de su infancia. Despertó en una especie de sueño extraño. Todo parecía seguir con normalidad, su vida transcurría sin cambios sustanciales. Vivió una infancia feliz o al menos eso le pareció. Aquellos días estuvieron inundados de risas y diversión. Empezó a surgir la chispa de la amistad que con tiempo fue consolidándose en llamaradas más profundas. Los amigos de la niñez son algo especial que lamentablemente en su caso se quedaron en aquel tiempo perdido. Algunos esperando ser rescatados por el futuro, literalmente. Y otros o los mismos, respaldados por su pensamiento. En un determinado instante esa infancia desapareció en un fogonazo, simulando que nunca hubo existido. Más tarde surgió la etapa de las sombras. Se escondía entre tinieblas por las que en ocasiones asomaba una luz tenue. La luz era suficientemente intensa como para que su calor templara su corazón helado. La luz brillaba más fuerte con el paso de los días, guiándole a lo que parecía el final de un camino. De repente esa luz se apagó, pasando de estar entre sombras a internarse en la oscuridad completa. Su corazón agrietado por volver de nuevo al frío, terminó por volverse de piedra. No podía aguantar solo, detestaba el eterno incordio de su compañía. Vivía por inercia, más que por convicción. Fue entonces cuando encontró una pequeña luciérnaga de color. Revoloteaba a su alrededor, mientras que unas pocas más se acercaban. Poco a poco le hicieron flotar, le elevaban al cielo infinito. Le salvaron, enfrentándole a su tormento oscuro. Le devolvieron la luz del Sol y empezaba de nuevo a aprender lo que era ser feliz. Después de aquello pudo volver a dormir. Se despertó a la mañana siguiente en aquella habitación de su infancia. Tenía cinco años y aquella noche había vivido gran parte de su vida. Con los ojos empapados de lágrimas, supo que la felicidad volvería algún día.

Esto va de inventos.
Daba cabezazos intercalados entre las sucesivas clases que le impartían. Cada palabra pronunciada era una pesada losa que se descargaba sobre sus párpados. Mantener la concentración se volvía entonces misión imposible. Llegaba el momento de divagar, mantener una posición fija solapada con un asentimiento asimétrico que pudiera ayudarle en el despiste. Pensó en lo bien que le vendría poder salir de su cuerpo en aquel momento. En cierta manera podía hacerlo, pero necesitaba algo que estuviera dotado de mayor pragmatismo. Se le ocurrió una idea para un nuevo invento revolucionario. Un generador individual de viajes astrales. Es sencillo, consistiría en un pequeño dispositivo con el que trasladar la conciencia a un destino más placentero. Por supuesto, sin perder las capacidades de comprensión del lugar en el que estés situado físicamente en dicho momento. Podrías estar a la vez en clase y además en un destino previamente elegido personalmente. Se programaría la duración del viaje astral y una vez finalizado volvería a la realidad. Después de pensarlo fríamente desechó la idea. “Ves demasiadas películas”, se dijo a sí mismo. Además no era nada novedoso, ya se había hecho en Matrix. Y por si fuera poco, veía un poderoso inconveniente. Cabía la posibilidad de que en un momento dado no pudieras diferenciar realidad de ficción. Que tu mente te confundiera por culpa de estar viviendo en una realidad ficticia más favorable, llegando a renegar de la verdadera. “Definitivamente, ves demasiadas películas”, se dijo, ya preocupado. Finalmente, acabó la clase. Estaba contento, consiguió su propósito casi sin pensarlo. Rogaba porque su imaginación siguiera igual de lúcida en la siguiente hora. Aunque era sabedor de que era una posibilidad tremendamente improbable. En otra ocasión les contaré, cómo en un día lluvioso del que salió completamente empapado, inventó un aparato con el que no mojarse en días de viento y que nada tiene que ver con un chubasquero. Gracias por su atención y hasta otro memento.




PD: Cada semana gana pendiente, haciéndose más cuesta arriba...

lunes, 17 de octubre de 2011

Feliz Cumpleaños, Tú.

De las puertas del blog sale un pequeño cuento para ti...

La ninfa y el príncipe.
Suavemente despertaba aquella ninfa con su bosque. Recorría, bailando, los árboles en una celestial armonía. Iluminada por el sol dejaba una estela brillante que a cualquiera impresionaba.
Quienes olían su perfume quedaban prendados de su dulzura. Un leve toque en el suelo le bastaba para hacer crecer las flores. Ilusionado un joven tritón le pidió que fuera con él, diciéndole que la amaba. Ella, tímidamente le rechazó. No quería estar viviendo de por vida debajo del agua. Resentido el tritón se marchó decepcionado. Su corazón ahora sí parecía haberse ahogado. El agua sólo le servía como espejo donde contemplarse cuando se aburría. Siempre que eso pasaba, aparecían pequeños pececillos que acudían a jugar con ella.
Mientras, la vida en el bosque transcurría a su alrededor permanentemente. Incluso los animales más fieros se dejaban tocar mansos por sus delicadas manos.
Cada esencia vital se fusionaba mágicamente con su alma forestal. Otro pretendiente entonces aparecía. En esta ocasión un fauno que le prometía amor eterno. Razones no le faltaban, pero aún así era demasiado feo para gozar de su compañía. Aquella noble y romántica bestia, carecía de la belleza aparente que ella necesitaba. Zonas del corazón del fauno desesperaban y aunque su amor era puro e incorruptible, así también fue su ira. Otra alma en pena abandonaba el deseo de poder contentar a aquella fuerza de la naturaleza. Nadie parecía querer volver a intentar tamaño reto. Pasaría mucho tiempo hasta que eso volviera a suceder.
Entonces, un joven príncipe se perdió en el bosque. Solo y preocupado, encontró por sorpresa a la ninfa.
Todo su cuerpo se erizó al verla y quedó completamente enamorado de su fugaz silueta. Unas palabras bastaron para que ella dejara de huir. Le juró amor eterno si le ayudaba a salir del bosque. Y la ninfa al ver sus preciosos y cristalinos ojos no pudo negarse. Obediente le acompañó y al llegar al final del camino se desplomó sin vida, la ninfa.
...
La bella ninfa murió por un amor que le hizo desprenderse de su vida, abandonando así su bosque. Ella pensaba que valía la pena.




PD: Y todavía me quedaría poder verte una vez más si fuera posible...

miércoles, 12 de octubre de 2011

Violet Sunset.

Dilema del prisionero III.
El silencio se volvió molesto en aquella habitación. Pasaron algunos minutos y ambos presos esperaban que algún suceso rompiera aquella desesperante monotonía. Cada segundo era eterno y agónico, la tensión y el nerviosismo que padecían, parecía que les abatiría de un momento a otro. Todo estaba en calma y de repente, la puerta se abrió. Nuestro rechoncho personaje volvía a entrar por aquella portezuela para alivio de nuestros amigos. En su cara se dibujaba una tímida sonrisa, todo parecía indicar que lo había conseguido.
- Bueno, ¿qué tal? Habla ya que me vas a provocar un infarto – comenzó diciendo el personaje extraño.
- Aquí tengo la llave de tu libertad. No fue fácil, pero lo conseguí. Intercambié las llaves con ambos presos y les liberé. No confiaban el uno del otro, así que lo dejaron en mis manos… – explicaba con confianza el hombre tembloroso.
- Déjate de historias, vamos a lo que nos concierne. La llave, por favor – interrumpía el misterioso preso.
- No tan rápido. La llave que quieres es la mía. Cambia tu llave conmigo y ya arreglaremos la situación entre nosotros – contestó ágilmente el protagonista.
- Bien, al fin y al cabo sólo quiero rescatar a mi compañero. Toma, apañaos como podáis – le dijo el preso libre mientras intercambiaban sus respectivas llaves.
Acto seguido, aquel hombre abandonó la habitación para liberar a su compañero ciego al que le hizo una fea jugada, mientras dejaba a aquellos dos hombres a su suerte.
- Parece ser que sólo confías en tus propias posibilidades, amigo – sentenció aquel peculiar personaje, iniciando la conversación.
- Es la misma estrategia que has jugado desde el principio y de esa forma me cubro las espaldas. Volvemos al principio pero ahora la situación ha cambiado. Creo que ahora la negociación es viable – respondió el protagonista.
- Así es, y bien, ¿qué propones ahora? – preguntó el oscuro personaje.
- Alcemos un brazo con la llave e intercambiemos las llaves con una sola mano. De esa forma aseguraremos el intercambio – caviló el protagonista.
- Estoy de acuerdo, procedamos – dijo aquel tipo poco común algo inquieto.
Cambiaron las llaves e inmediatamente intentaron abrir las puertas de sus respectivas celdas. Nuestro protagonista metió la llave apresuradamente en la cerradura e intentó girar pero no le fue posible. La puerta no se abría con aquella llave, contemplaba atónito su situación mientras veía como aquel tipo raro conseguía salir de su celda sin problemas. Constató como sus miedo iniciales se transformaron en realidad.
- Te lo dije desde un principio, amigo. Lo mejor es no tener que fiarse de nadie. Desafortunadamente para ti, te equivocaste en tu elección. Deberías haber dejado que te salvara el gordito – afirmaba satisfecho.
- Pero, ¿cómo? – acertó a decir el protagonista.
- ¿Qué importa eso ahora? Ahora hay que afrontar la realidad, yo disfrutaré de mi libertad y tú de una soledad insoportable. Suerte, amigo – sin más aquel malvado personaje abandonó la habitación. Nuestro protagonista seguiría encerrado hasta el fin de sus días o hasta el día en el que la benevolencia de algún otro trajese consigo su ansiada libertad.
FIN


La dependencia del ser (o no ser).
Depender de alguien y estar solo es algo muy doloroso. Es algo que sabía bien, algo que había experimentado a fondo. Sabía lo que era el dolor de la necesidad. Sabía lo que era el vacío. Vacíos que existieron y existen y que por alguna razón no pudieron ser llenados en un momento determinado. Cada uno de esos vacíos acabaron por agujerearle por dentro, rompiéndole. Y esa sensación de vacío interior se contrasta con el tiempo por la de sentirse roto por dentro. Grietas profundas que le vuelven inservible e inestable. Convive con multitud de síntomas confusos que no podrá analizar hasta haber dejado pasar aquel instante tormentoso. Tener miedo al amor era para él un juego de niños, teniendo en cuenta que por un lapso temporal indeterminado, él tuvo que renegar del amor. Renegar del amor puede ser fácil pero es tremendamente doloroso cuando es un hecho que quieres a alguien. No poder decirle a la persona que quieres eso mismo, se convierte en un lastre difícil de soportar. Es posible que sea llevadero al comienzo pero poco a poco se convierte en la sentencia de muerte de sus sentimientos. Ataca cuando menos lo esperas de una forma brutal e incontrolable. Al no ser capaz de afrontar esa pena, la guarda en su interior bajo llave, en un capítulo que es mejor no abrir. Un libro inconcluso sobre el que es mejor no preguntar. Encerrada queda toda su angustia y su lamento. La soledad es cruel enemigo y pese a ello, se forzaba sufrir su compañía. Qué irónico… Esa misma soledad escribiría capítulos en aquel libro oscuro y peligroso. Qué duro es necesitar a alguien y no poder disfrutar de la compañía de nadie. Tener que rechazar su propia salvación, su alegría, su felicidad, le destruía poco a poco. Cuando parece que fin se acerca y existe la posibilidad de tomar el control de su vida, le mandan a la casilla de salida de una patada. Se empiezan a buscar culpable ajenos inexistentes, cuando el culpable es la misma persona que padece. El fallo estaba no haber actuado correctamente. Sabía que con seguridad su pesar era un grano en la inmensidad del padecimiento de otros. Por eso, ¿para qué se iba a quejar?




PD: Creo que no tengo mala memoria. Pero últimamente tengo la sensación continua de que se me escapan cosas. No es la primera vez que me pasa y la verdad es que es bastante molesto. Espero que no dure demasiado.

lunes, 3 de octubre de 2011

Descanso Escaso.

Dilema del prisionero II.
Durante aquella inquietante conversación que no parecía llegar a ninguna parte, ocurrió algo impredecible. La puerta de la sala se abrió y un nuevo personaje entró en ella. Entró raudo y pálido. Estaba fatigado, visiblemente nervioso y además hiperventilaba. El sudor le recorría cara y cuerpo. No era consciente de que las celdas de la habitación estaban ocupadas y antes de que pudiera serlo, los presos se hicieron notar.
- Interesante… - dijo nuestro extraño amigo.
- Esto lo cambia todo – suspiraba el protagonista.
- ¿Qué? – articuló aquel pobre hombre como pudo.
- Eso mismo me pregunto yo, ¿qué demonios haces aquí? – preguntó con esa manera estrafalaria que tenía al hablar.
- No tengo la menor idea, sé lo mismo que vosotros – contestó el hombre asustado.
- Error, amigo. Lo mismo, no. Hay una diferencia fundamental, tú estás libre y nosotros, no – reprendía contundentemente.
- Nuestra situación es la que es por tu culpa. Déjame que te lo recuerde – respondía el protagonista con soltura.
- Esa no es la cuestión ahora. Desembucha, mi bamboleante amigo – evadía astutamente el raro personaje.
- Ehm, bueno… - balbuceaba.
- No tenemos todo el día. Habla ya, maldito patoso – dijo molesto por la actitud de aquel hombre.
- Le robé mi llave a un ciego. Mi compañero de celda era ciego y le mentí. Estábamos hablando sobre nuestra situación y encontró su llave. La palpó pero no sabía que era, le dije que la penumbra no me dejaba ayudarle y le pedí que me la lanzara. Evidentemente era mentira, sabía que era mi llave y cuando la atrapé salí corriendo de aquella sala. Eso es todo, seguidamente he aparecido aquí. Engañé a mi compañero ciego… - dijo el hombre sintiéndose culpable.
- ¿Qué número tiene la habitación de tu compañero? – preguntó nuestro protagonista.
- Mi celda era la nº4 y mi compañero la nº3, evidentemente él tenía mi llave – susurró preocupado.
- Justo la llave que tengo, qué casualidad – respondió aliviado el protagonista al empezar a ver al fin la luz en el camino.
- Dámela, por favor – le pidió aquel hombre ilusionado.
- Parad el carro, antes de nada. ¿Cuál es tu llave? – insistía el tipo extravagante.
- Tengo la llave nº5, por lo que veo no es de aquí – explicó confuso.
- Maldita sea, ¿dónde diablos está la llave de mi celda? – farfullaba aquel atípico personaje.
- Veo que volvemos a estar en punto muerto. Mi compañero tiene mi llave, tú tienes la llave de un desconocido y yo tengo la llave que quieres – explicaba el protagonista.
- Si de verdad quieres la libertad de tu amigo, tendrás que buscar la mía. La cadena es sencilla, buscas en la nueva habitación al destinatario de tu llave y que él abra la celda de su compañero. Seguramente él tenga mi llave, de esa manera, yo liberaría a mi compañero y tú obtendrías la libertad de tu querido compañero – arengaba sibilinamente el extraño preso.
- Estoy conforme – sentenció el protagonista.
- Veré que se puede hacer – concluía aquel hombre, visiblemente más tranquilo.
Los presos permanecían expectantes, mientras el hombre se internaba en la nueva habitación. A saber qué nuevos problemas se presentarían…

Lágrimas de cristal.
Las lágrimas de caramelo se forman en la máxima expresión de un sentimiento, eso es algo que ya sabemos. Ahora toca adentrarse en otra versión de la solidificación de las lágrimas. Suele ocurrir cuando una situación triste se instala entre nuestros sentimientos. La tristeza, por naturaleza, puede ser un sentimiento estático, al contrario que la alegría o la felicidad que, generalmente, son algo efímero. Las lágrimas condensan, tomando forma de cristal. Las lágrimas de cristal son nuestras mayores penas, nuestros tormentos más dolorosos. Son situaciones que arrastramos con nosotros y nos van rasgando poco a poco por dentro. Son lágrimas peligrosas, no tienen la potencia de las lágrimas de caramelo, pero la principal característica que puede hacerlas letales, es su duración. En la mayoría de ocasiones, son lágrimas indestructibles. Viven con su poseedor y van creciendo en su interior. Puede ser que su crecimiento se vea interrumpido por olvido de su dueño, en determinadas ocasiones pueden también encoger. Pero si no son destruidas, siguen ahí. Latentes. Nunca desaparecerán, a menos que aquello que las creó, consiga solucionarse. Una vez que eso sucede, de la misma forma que se fraguo la lágrima de cristal, vuelve a transformarse en líquido y desaparece. Deja una sensación de alivio, pero también preocupación y cierto estado de alerta. Al morir, las lágrimas de cristal que no fueron disueltas, quedan cristalizadas para toda la eternidad. Cuidado al llorar lágrimas de cristal.

Lastimera reflexión.
Es curiosa la manera en la que las mayores discusiones surgen de las mayores tonterías. Generalmente, sucesos aislados, situaciones intranscendentales acaecen en determinados momentos en los que el estado emocional no acompaña y nos hacen explotar. La estupidez es una característica inherente a nosotros mismos y acabamos diciendo cosas que no queríamos. La cuestión es compleja, intentemos darle un giro a la vista. Las palabras duelen, pero al parecer se han convertido en lo más importante. Algo que digamos puede ser nuestra perdición. Personalmente, según qué cosa puede parecer lógico aunque tampoco soy partidario del tremendismo. Lo que me choca es la anteposición de la palabra a los hechos. Hay personas para que las palabras son más determinantes que los hechos, o eso hacen intuir. Una conducta no es capaz de contribuir de manera positiva a un mal momento en el que se dijo algo indebido. Es extraño, ya que el comportamiento es algo que permanece y las palabras, como diría aquel, se las lleva el viento. ¿Por qué no dejamos que, verdaderamente, el viento arrastre consigo esas palabras desafortunadas y prestemos más atención al comportamiento? Hay ocasiones en las que las palabras son agradables pero la actuación es oscura. Detrás encuentras pretextos e intereses escondidos. Al menos unas malas palabras van de frente, pero los malos actos pretenden atacarnos con la guardia baja. Seré un iluso por pensar que es mejor ir siempre de cara aún estampándote contra un muro. Será que los listos son los que se aprovechan de cualquier ventaja a su alcance. Será eso…




PD: Uff, ¡qué plomazo!

martes, 27 de septiembre de 2011

Pirómano Frenético

Dilema del prisionero I.
Su consciencia se perdía en la oscuridad. Recobró el conocimiento, sintiéndose algo aturdido. Los recuerdos eran confusos y borrosos. No reconocía el lugar pero al darse cuenta de la situación en la que se encontraba, sintió una gran impotencia. Estaba confinado en una celda. Tres paredes sin ventanas y una reja de gruesos barrotes le confinaban en su interior. En frente había otro infeliz que corría su misma suerte. Cuando comprobó que había despertado, se giró y comenzó con la conversación.
- Menos mal, la soledad y el silencio empezaban a ser molestos – dijo aquel extraño compañero.
- ¿Qué hacemos aquí? – preguntó contrariado el protagonista.
- Supongo que esa es la pregunta del millón y como suele ocurrir con ese tipo de preguntas, encontrar una respuesta no es fácil – respondió aquel hombre peculiar.
- Con eso quieres decir que no sabes, deduzco – sentenció.
- Así es, aunque esa respuesta es menos solemne – reprendía con astucia.
- Bien, ¿qué sabes de este lugar? – volvía a preguntar con inquietud en sus palabras.
- Estamos enjaulados, hasta el momento no he visto pasar a nadie y llevas bastante inconsciente, así que dudo que venga alguien. Las paredes y el suelo parecen lo bastante gruesos como para hacer imposible una huida. Estos barrotes son firmes, para cuando empiecen a desgastarse estaremos criando malvas. Pero eso no es lo mejor. Lo más interesante está en los detalles evidentes…
- Me acabo de fijar en las llaves y los números de las celdas - interrumpió sutilmente.
- Exacto, esto parece una especie de juego. Las llaves también tienen números, seguramente cada una abrirá la celda correspondiente a dicho número. ¿Qué llave tienes?, por curiosidad – preguntó interesado su raro interlocutor.
- La número 3. No es la tuya, lo siento – respondió preocupado.
- Mm, sabía que no iba a ser tan fácil – afirmó de forma inquietante.
- ¿Qué quieres decir? – soltó aquel interrogante como un resorte.
- Pues que yo tengo tu llave – contestó ante su atónita expresión.
- Genial, dámela y conseguiré la tuya – dijo rápidamente.
- Ni hablar – sopesó, cayendo la respuesta como una pesada losa.
- ¿Por qué? – preguntó ingenuo.
- ¿Qué garantías tengo de que vuelvas con mi libertad? Esta llave es la única oportunidad que tengo para salir de aquí y no pienso dártela por las buenas. Seguramente esta misma conversación la están teniendo en otras habitaciones. Por lo pronto, prefiero esperar si hay algún otro que se acerque por aquí con otra proposición más ventajosa – explicó con detalle.
- Te prometo que volveré con tu libertad – rogaba esperanzado.
- Puede que seas sincero. Pero verás, seguramente al darte la llave no dependa de ti exclusivamente concederme la libertad. No voy a arriesgarme con tanto intermediario de por medio. Lo más seguro es que una vez que quedes libre y encuentres dificultades, decidas marcharte sin más – exponía con claridad.
- Entiendo tu posición. Pero tus posibilidades de salir son mayores al darme la llave – dijo con nerviosismo.
- Te equivocas, quedándome la llave tengo más opciones. Seguramente en cada habitación uno de los presos tiene la llave del otro y este último a su vez tiene la llave de un preso de otra habitación distinta. Si por casualidad, todos los que tenemos la llave del otro, se la damos, no tendríais ninguna razón que os impidiera marcharos – expresaba el hombre extraño con lucidez.
- De la misma forma podríamos irnos en cuanto quedásemos libres – afirmó.
- Puede, pero es más fácil que la alegría de la libertad se contagie en grupo, que de manera individual. Al quedar sólo uno libre, hay más probabilidad de que sienta compasión por los demás.
- Así que a no ser que pueda convencerte, toca esperar – dijo ansioso.
- Eso me temo, amigo – finalizó el prólogo de un nuevo silencio.

Existes, sin ser.
Volvió a despertar de la misma forma que había sentido tantas otras veces. Pero esta vez, todo era distinto. No sentía la propia percepción de su ser, era volátil y etéreo. Podría parecer algo complicado, pero seguía existiendo sin llegar a ser, o al menos, a ser como antes. Reconocía a personas que eran completamente familiares y de la misma forma, se daba cuenta de que ellas tampoco podían percatarse de su existencia. Pudo comprobar la manera en la que sufrían sin consuelo y en su infinito amor hacia esas personas, lo único que generaba aquellos sucesos en él, era tristeza. Vagaba en pena, corroído por el dolor de sus allegados. Necesitaba poder estar ahí para ofrecer alivio, pero sabía que no sería capaz de ello. El paso del tiempo transcurría sin que pudiera percibirlo y eso mismo hacía cicatrizar las heridas que sus seres queridos habían sufrido. Cierta normalidad volvía a instalarse e incluso algunos momentos de felicidad. Nuestro vagante amigo sufría ahora por no ser partícipe de aquellos destellos de buenos momentos. Permanecía en completa soledad y pegado a la tortura de existir en mundo del que no podía ser partícipe. Era incapaz de perder la cordura en su estado, cosa que sería su única liberación. Rogaba por otra oportunidad, pedía una nueva vida. Pero lamentablemente para él, ya era tarde.

¿Y éste es mi pesimismo?
Siempre he definido la percepción de la muerte como algo vertiginoso. Una sensación de angustia que comparo con el vértigo. Es un momento en el que todo se vuelve insignificante, además de trivial. Todo carece de importancia y se apodera de mí una ansiedad que me hace desear que deje de pensar en eso. Seguramente será por mi concepción de la muerte. Casi siempre estamos imbuidos por la religión en lo que se refiere a esta cuestión. Algunos creen en la reencarnación del cuerpo y del alma. Creen en otra vida mejor, que a mi parecer es sumamente improbable. Me parece una excusa para despreciar los regalos que nos da la vida. Otra opción es la de otra vida en la que nos espera un harén de mujeres vírgenes. Que para los tíos puede estar bien, pero no se contempla nada para las mujeres. También dudo del proxenetismo inmortal, aunque para alguno pueda ser lo máximo a lo que aspirar. Luego está la reencarnación propiamente dicha. Volver a este mundo convertido en otra cosa. Puede que hayas opciones atractivas, pero por cada una de esas, hay muchas aberrantes. Queda también descartada. O una fusión con las fuerzas energéticas del universo y el cosmos. Pues no sé, la verdad es que respeto cualquier tipo de creencias, aunque prefiero una verdad certera antes que mil creencias. Mi visión, como no podría ser de otra manera, es la más pesimista. Para mí después de la muerte no hay nada. Suena mal, de ahí la angustia que me da a veces al pensar en ello (que no es algo constante, pero sí que alguna vez me he parado a pensarlo con frialdad. No como ahora, que es con la superioridad que te da escribir del tema). Lo veo como un gran vacío negro, una oscuridad inmensa. Seguramente así imagino la nada. Supongo que esa ansiedad es lógica, cada vez que me pasa pienso que llegará un momento en el que esas sensaciones desaparezcan. Y de verdad que espero haber vivido lo suficiente como para poder decirlo. Porque creo que ahí está el truco y no quiero decir vivir muchos años, ojo. No es vivir en extensión temporal, es utilizar la propia definición de la palabra vida y aprovecharla al máximo. Hay que exprimir hasta la última gota, hay que tener ganas de vivir.




PD: Cada día que pasa me cuesta más reconocerme... en algunos aspectos, tampoco exageremos.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Alforjas Mojadas.

Ni fueron felices, ni comieron perdices.
La princesa lloraba, triste de incertidumbre. Meditaba ante la ventana, hacer posible lo que sentía desde su interior. Fueron innumerables las cartas, pero el miedo la paralizaba ante una felicidad que por completo la embargaba. En aquel momento de indecisión, una carta de su amado por fin llegó. La abrió impetuosa y deprisa la leyó.

“Dejad de deshojar las margaritas
que florecen por primavera.
No es cierto que como a cualquiera,
os hierve la sangre en las venas.
Y el corazón saliendo de la boca,
parece que vuela.
Dejad de disimular con desdén,
lo que bien sabéis que anheláis.
Sabed que todo mi ser,
yacerá por siempre a vuestra merced.
Así sabré que mis suspiros añoráis.”

Las palabras le confortaron pero no eran suficiente. Necesitaba un compromiso real y así saber que su amor era de verdad. Pasaron los días y su amado impaciente le volvió a escribir contrariado.

“¿Qué más queréis, corazón?
Una prueba irrefutable
de lo que siento por vos.
Pues miradme fijamente a los ojos
y decidme que en ellos,
no hay atisbo de amor.
Si así fuera de miserable,
no quedaría razón posible
para salvar mi petición.”

La muchacha se acercó al retrato de su habitación. Aquel regalo le impactó desde el momento en que lo vio. Su mirada era penetrante, aunque seguía sin ser esa razón apasionante. Ante aquella mudez que teñía su silencio, su amado encontró la respuesta que le dejaba sin aliento. Escribió una última carta, roto de dolor.

“Mi alma se desdibuja
en los lienzos de vuestro amor.
Sin él, el retrato
no tiene color.
Aún así, no dejéis jamás,
que esta decisión
acabe con vuestras ganas de amar.”

La princesa comprobó como el cuadro de su habitación se había transformado en un garabato de negro sobre blanco. “¡Qué espanto!”, exclamó. En aquel momento se dio cuenta de la certeza del amor que le habían profesado. Y la princesa volvió a llorar, al final las dudas le alejaron de su amado.

Palabras concisas.
En muchas ocasiones se tratan temas con prudencia. Puede que sea de manera sincera o una mera forma de guardar las apariencias. Una conversación se mueve entre la hipocresía o una posible conveniencia. A veces intentan tomarnos por tontos al contarnos diversas historias. Se endulzan las palabras e intentan agradar nuestros oídos. Es posible que incluso seamos objeto de diversos halagos. Esto te lleva a tener en cuenta esas posibles intenciones. Elaboras una lista mental de radiografías con las que sabrás de qué manera comportarte. Aprendes a mirar más allá de las palabras, desconfiando de las mismas u otorgando el beneficio de la duda. Todo reside en esa especie de necesidad que hace no poder tratar cualquier problema con naturalidad. Se miente, se oculta y se tergiversa. Una especie de barrera nos separa de unos y otros. Un muro invisible que nos impide mostrarnos cercanos. Que importante sería poder decir lo que queremos en cada momento sin miedo. No algo de lo que haya que interpretar un significado. Una información incompleta o tener que quedarnos callados. Sentirnos cómodos en todo momento y no constantemente observados en nuestros movimientos. Es una conducta que ha conseguido llegar a los ámbitos mayor proximidad. La distancia es insalvable y perenne. Si esta sensación rodea nuestro alrededor en cuestiones más o menos intranscendentes, ¿qué podemos esperar de situaciones que nos afectan comúnmente? Si nos infecta esa pauta en nuestras decisiones y consecuencias, ¿qué queda de lo que no controlamos y tenemos que padecer? De la misma forma sufriremos a esas legiones de mentiras. Llegarán momentos en los que no sabremos distinguir lo que es real de lo ficticio. Mil cuentos inventados en una partida de ajedrez en la que no sólo nos mueven como a peones sino que además nos sacrifican de la misma manera. Es por la existencia del impacto que crearía la posibilidad de empezar a contar la verdad enmascarada. Desentrañar las artimañas de quienes mueven los hilos. Aún así nos encontramos con el grave problema que ejerce el poder. Que con mentiras son capaces de destruir la verdad más sólida. Entonces, ¿en qué podemos creer? Es en este punto, cuando te acuerdas del ermitaño y de lo que hace tiempo te dijo: “amigo mío, no creas en nada”. Por otro lado siempre estará el cura que dirá: "pues en algo hay que creer".




PD: Cuando no sepas qué decir, mejor escríbelo... ¿Qué habré querido decir?

domingo, 4 de septiembre de 2011

El asesino del abecedario.

Estaba siendo uno de sus casos más complicados. Quedaban aún unas semanas para el otoño, pero aquella noche parecía que el verano había firmado la rendición. Una lluvia intensa mojaba las desgastadas calles de la ciudad, iluminada por los cegadores destellos de los incesantes rayos que caían sin piedad. El sonido de los estruendosos truenos predecían un final incierto. No tenía más pistas que los cuerpos sin vida de las víctimas. El primer cadáver fue encontrado en la bodega de carga de un avión a pocos días del principio del verano. Presentaba un surco pronunciado en el cuello, lo que indicaba se produjo una constricción del mismo. Se determinó que la causa de la muerte fue la de asfixia por ahorcamiento. Era uno de los azafatos de la compañía, aún era bastante joven. En un principio, se intentaron buscar posibles conexiones cercanas al sujeto, pero fue imposible. No habían pruebas solidas en contra de cualquier sospechoso habitual. Sin tiempo para seguir centrándose en el caso, aún llegaban más malas noticias. Pocos días después, dieron el aviso de lo que parecía ser otro asesinato. Esta vez, tuvieron que desplazarse a una de las bibliotecas públicas. La entrada estaba llena de policías, algunos precintando la zona y sacando a los ocupantes que aún permanecían en el interior, otros intentaban consolar a los que habían visto la impactante escena. Dentro del edificio, justo detrás del mostrador de recepción, yacía el cadáver de la bibliotecaria. Sufrió una fuerte contusión en la cabeza, así que la causa preliminar fue la de muerte por golpe con objeto contundente, previsiblemente un bate de beisbol. La situación empezaba a ser desconcertante, no encontraban una conexión entre las dos muertes. Consideraron la posibilidad de que fueran hechos aislados, pero pasarían varias semanas hasta que el asesino volviera a atacar. En aquella ocasión, encontraron el cuerpo de un carnicero colgado bocabajo, congelado en una de las cámaras frigoríficas de su negocio. Presentaba una profunda laceración en el cuello que en un principio pasaron por alto. Con cada nueva víctima se alejaban cada vez más de la pista de aquel criminal. La hipótesis de un asesino en serie, se hacía con cada paso más inviable. No existía ningún elemento de unión entre los cuerpos. No se seguía un patrón concreto, los días de los crímenes eran alternos, sin relación sistemática. No coincidía ninguna circunstancia en las muertes y sus causas eran todas diferentes. El modus operandi parecía ser inexistente. La única coincidencia parecía ser la carencia absoluta de pruebas, que pudiesen jugar a su favor. Todos estos acontecimientos desembocaron en aquella lluviosa noche. El asesino se aproximaba a su siguiente víctima. Caminaba apresuradamente por los pasillos de un hospital. Estaba expectante y compulsivamente nervioso ante el desarrollo de los hechos. Por fin llegó a su destino y sin dudarlo, entró en la habitación. Cuando comprobó la situación, empezó a reír a carcajadas mientras aplaudía.
- Magnífico, detective. Sabía que no me decepcionaría – balbuceaba sin poder parar de reír.
- Aquí me tiene – sopesó el detective algo tembloroso.
- Un interrogante, antes de que lleguemos al desenlace. ¿Cómo fue capaz de darse cuenta? - preguntó ilusionado.
- Fue más sencillo de lo que parecía en un principio. Es cierto, que no había coincidencias, por lo tanto no había más que darle la vuelta. Había que fijarse en las contradicciones. La clave estaba en el primer asesinato, en el que la causa aparente era real. Los dos asesinatos posteriores pretendían llamar nuestra atención. Presentó una secuencia lógica para que supiéramos que nos enviaba un mensaje. Los asesinatos parecían seguir un orden alfabético. Primero un azafato, luego una bibliotecaria y por último un carnicero. Y de la misma forma se ratificaban en las causas de la muerte. El primero murió por asfixia, la segunda bateada, el tercero congelado. Hasta ahí todo bien, pero eso no nos llevaba a ninguna parte. El paso siguiente podía seguir siendo impredecible. Ahí entran las contradicciones, rompió el orden alfabético de las muertes para dejar un mensaje. La causa de la muerte que se determinó para la bibliotecaria fue envenenamiento, no traumatismo por bate de beisbol, aunque tengo que concluir que fue algo pintoresco. Y el carnicero murió desangrado, no congelado. La serie alfabética, el veneno, la sangre y por último la elección alterna entre víctimas masculinas y femeninas nos trajeron hasta aquí. A la única doctora que trabaja durante el turno de guardia de este hospital. Antes de que me pregunte cómo adivine el día, el momento y el porqué, le responderé también a eso. Es la tercera semana del cuarto mes desde que empezó a asesinar. Un mes tiene cuatro semanas, pero la tercera es la cuarta semana alfabéticamente. Es martes, cuarto día en orden alfabético. Cuatro, la cuarta letra del alfabeto es la d, de doctora, por ejemplo. Y bueno, no sabíamos cuando aparecería, llevamos aquí desde antes de que el sol saliera – explicó el detective satisfecho.
- Estoy gratamente impresionado, sí señor. Ha llegado el momento de ponerle fin a esto – sentenció el criminal.
- No lo entiende, se acabó. ¿Qué más necesita? – afirmaba tembloroso el detective.
- Quien no lo entiende es usted, señor detective. Le necesitaba a usted, mi segunda d, de detective. Era a usted a quien buscaba, no a la estúpida doctora que tiene ahí sentada, que por desgracia será un daño colateral. Evidentemente el caso acabará con usted. Con quien quería acabar desde el principio. Así que dígame, ¿cómo acabamos? Evidentemente, tiene que ser algo que empiece por d, ¿un disparo? ¿No, quizás prefiera morir decapitado, desollado, devastado, derrotado, despedazado, descuartizado…? – mascullaba el asesino.
- Eso rompería su secuencia de género. Las apariencias no son lo que parecen… - dijo el detective cada vez más nervioso por la situación.
- Es obvio, acabo de decir que el caso morirá con usted, detective – concluyó.
- Las apariencias no son lo que parecen – repitió el detective embargado por el pánico.
La doctora, inmóvil hasta aquel momento, se levantó y apretó los electrodos de un pequeño táser a la espalda de aquel monstruo que cayó al suelo aturdido.
- Tenía que haberle escuchado con más atención – susurraba la doctora.
- Menos mal, detective. Creía que era mi fin.
- Su actuación ha sido fantástica, doctor. No tenía que preocuparse, no iba a dejar que ese maldito demente le hiciese ningún daño. Su colaboración no tiene precio, doctor. Le estoy verdaderamente agradecida. Un papel genial. Necesitaba un poco de su medicina, nunca es tarde para que te recuerden que las apariencias engañan – finalizaba la verdadera detective.
La tensión que inundaba la sala segundos antes se desvaneció por completo. Se encargaría de que aquel ser despreciable permaneciera a la sombra de por vida. Era un buen momento para salir a la calle, mojarse un poco y volver a respirar.
PD: Otra historieta, a esperar a ver qué dice la crítica.