En aquellos días brotó una pregunta en su cabeza que le atormentaría por bastante tiempo, lo que una vez le pareció una eternidad. No sabía qué hacer mientras pensaba en la posible solución. De todas formas se sentía incapaz de decidir, ignorando que eso suponía una decisión, cobarde, pero al fin al cabo una decisión. Era algo que escapaba a su compresión. La cuestión es que la veía todos los días y eso le hacía feliz. Le hablaba sin miedo, sin titubear, intentando que no se diera cuenta de lo que realmente sentía cuando se acercaba. Le hacía reír y se reía con ella, porque le gustaba hacer sentir bien a los que le rodeaban y en aquel caso con más razón. La miraba fijamente a los ojos, perdiéndose en ellos, intentando entrar en sus pensamientos y aunque no era algo que le obsesionaba, le gustaba poder intuir si le estaba dando vueltas a algo para aliviar su carga o ser meramente su confidente. Ése podría ser el peor de los síntomas, el que te preocupen sus problemas con una sincera firmeza. Cuando para ti lo más importante es esa persona independientemente de tus circunstancias y antepones todo su mundo ante el tuyo. Pero él lo llevaba en silencio, dentro de sí. Y ahí estaba, tumbado en la cama, pensando. Dándose cuenta de que no le gustaba simplemente, sino que la amaba con la idea más puramente clara de la palabra amor. Queriendo que volvieran a tener sentido las canciones de amor. Ahí estaba, tumbado en la cama, preguntándose qué hacer. ¿Debía o no decirle todo lo que sentía? Cierto miedo a ser rechazado es algo que siempre nos atenaza. Pero en este caso no era así, porque aunque no compartiera esos sentimientos para él hubiera sido suficiente alivio contárselo y que al menos lo supiese. Y es que el peor miedo es el que te provoca el terror de un sí, algo que sabes que podrá hacerte inmensamente feliz, en el peor de los casos por un tiempo limitado. Resignado, sabía que debía conformarse con lo que tenía y hacerse creer que era suficiente.
Algo sin importancia.
La desconfianza es una pesada losa en la tarea de darnos a conocer. Nos sentimos cómodos en nuestros pensamientos o al menos seguros, aún pudiendo estar equivocados. Rompemos esa seguridad cada vez que damos a conocer esos pensamientos. Pueden ponerse en duda muchas de las cuestiones que planteamos. Pero no es algo malo, es parte del aprendizaje. Así es como nos nutrimos de nuevos puntos de vista y podemos cambiar nuestra opinión, que no requiere de renegar lo anterior. Algunas veces nos hace capaces de ver las cosas un modo más amplio, otras reforzarnos en nuestra postura o darnos cuenta de nuestra equivocación. Las dudas siempre asaltarán a algunos, porque aunque haya cuestiones de vital importancia para uno mismo, no tenemos la certeza que sea así para otros. Ahí se puede crear cierto desprecio que no lleguemos a entender, pero es lo que ocurre cuando nos topamos con alguien que lo considere extraño. La reacción irracional de algunos ante algo que no entienden es la del rechazo y la expresan sin clemencia, declarándose buenas personas en todo momento. Porque el concepto de normalidad es algo tan estancado en la mente de la sociedad que es imposible sentirse culpable al incurrir en esta conducta. Pero es algo superable, la intolerancia es algo que se puede intentar evitar por parte de quien la padece e incluso es un mal que puede remitir para quien lo promulga. Tanto en la aceptación como en el rechazo hay un compromiso, la de querer compartir o no tu tiempo con los demás. La afinidad que sentimos por los demás es un misterio, pero es una certeza para aquellos hacia los que decidimos otorgársela. Perder esa afinidad por parte de algunos es algo triste y que puede desencadenar conductas inesperadas. Así como inesperado puede ser el hecho que haya desembocado en esa pérdida. Puede ser en cuestión de minutos, días o semanas. Excluyendo los comportamientos detestablemente violentos, la razón de mayor peso la encontramos en la pasividad de la indiferencia. Porque un rechazo a tiempo es mucho menos doloroso que vivir en la aceptación bañada por un mar de indiferencia. Y es que nuestros pensamientos pueden ser importantes para nosotros, pero no para los demás.

PD: Buscando la comodidad en la escritura. Aún no desespero.







